Relatividad

Un brillante trabajo teatral que presenta un ejercicio de misterio en escena. El encuentro entre Einstein y una periodista propone revelar un enigma íntimo y filosófico que transforma la obra en un ensayo teatral sobre la gloria, el abandono y la verdad.
Por: Claudio Ferrari | Creado el 01/09/2025 | 2.128

En 1933, mientras daba clases en el California Institute of Technology, Albert Einstein decidió no regresar a Alemania tras el ascenso de Hitler. Como judío y pacifista era objeto de ataques de la prensa nazi, su casa en Caputh fue saqueada y su nombre apareció en panfletos antisemitas. En marzo de ese año renunció a la Academia Prusiana de Ciencias y a su ciudadanía alemana. Durante unos meses se instaló en Bélgica y en el Reino Unido, donde Oxford le ofreció refugio. En octubre de 1933 viajó a Estados Unidos para integrarse al recién creado Institute for Advanced Study de Princeton, Nueva Jersey, donde permaneció hasta su muerte en 1955. La obra “Relatividad” lo ubica una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial y podría presentarse simplemente como el diálogo entre un hombre célebre y una periodista en una situación que comienza como una entrevista y se revela como una búsqueda en nombre de la verdad y la dignidad: en la superficie parecería tratarse de un encuentro ameno, casi costumbrista. Sin embargo, desde el comienzo, con un acierto de dirección sorprendente y actuaciones memorables, percibimos que no estamos frente a una pieza biográfica amable, sino ante un misterio que se despliega lentamente y que convierte el escenario en un campo de tensión permanente: el misterio es quién es esa joven, si es realmente una periodista, o si, en cambio, es la hija oculta de Einstein, Lieserl, la niña nunca reconocida ni por él ni por Mileva Mari?, borrada de los registros oficiales, condenada al silencio de la historia y que ahora vuelve, como un espectro -gran hallazgo que vincula la obra con lo mejor del teatro universal-, a reclamar su lugar. De esta manera la escena se convierte en un juicio íntimo: la voz de una hija desamparada que interpela al hombre más célebre del siglo XX. Entre Spinoza y Nietzsche, entre la gloria pública y la herida privada, la obra expone la fragilidad de un hombre que, tal vez, se creyó absoluto.

El dispositivo escénico es sencillo y brillante: un supuesto cuarto de estar de la casa de Einstein en Princeton, atravesado por pizarrones que sustituyen la decoración habitual de un hogar y que se vuelven metáforas de un pensamiento en constante ebullición. Todo transcurre allí, en unidad de tiempo y de espacio, salvo un breve comienzo exterior: otro hallazgo, porque no es común hoy en día ver piezas que, sin ser monólogos, se sostienen en esa clausura espacial y temporal que intensifica la tensión. Y esa tensión se vuelve casi física: los espectadores sentimos que asistimos a un duelo, a un reto verbal constante entre Einstein y la joven en un juego que mezcla atracción, seducción, sospecha y desgarro.  

Carlos Rivas desde la dirección mantiene siempre un tono directo, pero no simple; al contrario, exige de su elenco comportamientos complejos, para que jueguen permanentemente actuaciones sujetadas a la verdad, y esto hay que subrayarlo: los actores despliegan ese carácter sin salir nunca, en sus magníficos desempeños, fuera de un rango de legítima justificación de esa verdad, en uno de los logros más difíciles de alcanzar en teatro. Luis Machín encarna a un Einstein que oscila entre la soberbia de saberse el hombre más brillante de su tiempo y la vulnerabilidad íntima de un anciano en exilio y retirada, desconfiado en su ostracismo, temeroso de la juventud que lo reemplaza, obsesionado por la competencia con sus pares y con los más jóvenes. Gabriela Toscano, en otro de sus celebrados trabajos teatrales, se adueña de la obra con un trabajo tan delicado como enérgico, digno y profundamente humano: su personaje podría haber caído en la autocompasión, ser una víctima que únicamente reclama y sin embargo se sostiene siempre en la integridad de quien exige respuestas y no limosnas, en la sobriedad que no hace de su desamparo una extorsión. Su dolor es inconmensurable, su humillación indeleble, pero en ningún momento se hunde en el lamento pueril: esa sobriedad, que sin embargo, exquisita, sutilmente, no oculta una enorme emocionalidad, es un mérito actoral infrecuente y de primer nivel. Catherine Biquard, inmejorable en el papel de ama de llaves, amante, y carcelera del anciano, interviene como una interrupción que alivia la tensión: su aparición, antipática y dura, produce, paradójicamente, un respiro, como si se abriera una ventana en medio del combate, para que luego, al salir de escena, la tensión vuelva a instalarse con más fuerza para que los personajes centrales sigan construyendo su relación, sus diferencias y la totalidad de sus problemáticos, enrevesados temperamentos. 

El eje de la obra, no obstante, no es la historia lineal, sino los temas que se despliegan bajo esa historia: ahí radica el verdadero acierto. La historia es simple: un encuentro entre un genio y una joven que reclama identidad. Los temas, en cambio, son múltiples y trascienden la anécdota: el abandono, la humillación de una hija condescendida; la gloria que no garantiza la paz interior; el temor a la juventud que desplaza a la vejez; el dilema ético de los grandes hombres de la humanidad, cuya genialidad no los exime de ser juzgados por su intimidad; los secretos familiares y la herencia como cadena invisible que nos ata, nos enaltece y nos condena; la búsqueda de la verdad en el sentido más profundo, porque no basta con el dato genético, sino que la paternidad es también la mirada, el reconocimiento, la formación, y tanto la indolencia de la orfandad como la atención amorosa signan por igual una vida.  

La puesta en escena establece paralelismos que son de una sagacidad notable: Einstein no pudo aceptar la física cuántica porque proponía un suceder sin testigo, un azar indetectable, como tampoco pudo aceptar a Lieserl porque era una vida sucediendo sin su mirada. Y la obra nos lo recuerda con precisión: para una hija, la mirada de su padre es la totalidad de todas las miradas. Allí se encuentra el núcleo dramático más potente: la física cuántica y la vida íntima de Einstein se espejan, y comprendemos que el misterio no es sólo histórico, es también existencial. Aquí aparece la dimensión filosófica que nos deja vibrando: Einstein invoca a Spinoza, el Dios que se revela en la armonía de todo lo existente, la religiosidad cósmica que él proclamó, pero la hija le recuerda que esa armonía cósmica no alcanza para explicar la indolencia hacia una criatura, que no hay excusas para ese alejamiento y que también existe otro Dios posible, un Dios piadoso, un Dios que reclama humanidad. Así quedamos atrapados en esa contradicción: ¿puede un hombre ser al mismo tiempo el más docto intérprete de la armonía universal y el causante del caos íntimo más devastador? Y si Spinoza propone un orden absoluto, Nietzsche, en “Más allá del bien y del mal” parece resonar en un Einstein que se cree por encima de los juicios humanos, que se siente eximido de dar explicaciones porque su gloria lo eleva hacia otro plano. La versión que nos ofrecen desde el escenario nos muestra que no: que el juicio íntimo es inevitable y que no hay forma de escapar de esa sentencia, sea quien se sea. La obra además nos recuerda la sospecha que persiguió a Einstein en Estados Unidos cuando Hoover y el FBI lo vigilaron por sus simpatías pacifistas y sus contactos con intelectuales socialistas, la tensión con Truman, la problemática relación con Oppenheimer y el horror de la bomba atómica y forma parte de la densidad de un personaje que en el momento en que lo muestra la pieza cargaba sobre sus espaldas con una inmensa gloria y al mismo tiempo con pormenores de su vida privada no concluidos.  

No es reiterativo elogiar una dirección y actuaciones que con maestría no subrayan, no resaltan con golpes de efecto, sino que trabajan con matices y gestos precisos, en una versión sin distanciamientos, con climas que se valen de unas preciosas escenografía, iluminación y música, y en la que no se siente el artificio de una lengua trasladada, sino una absoluta espontaneidad para lograr que desde la platea nos sumerjamos en la historia como si sucediera aquí y ahora.  

Relatividad nos enfrenta a preguntas de permanente trascendencia: ¿qué hace a la grandeza de un hombre, qué significan los vínculos, de qué modo puede resolverse el conflicto entre la intransigencia de una vocación y el amor filial?  En ese cruce entre la armonía y el caos, entre la gloria pública y la deserción privada, la obra encuentra su grandeza.

Dirección: Carlos Rivas. 

Elenco: Luis Machin, Gabriela Toscano y Catherine Biquard. 

Autoría: Mark St. Germain.  

Diseño Gráfico: Martín Gorricho.  

Diseño de vestuario: Sofía Di Nunzio. 

Música original: Bruno Rivas. 

Prensa: SMW 

Producción ejecutiva: Bárbara Rapoport y Luciano Greco. 

Producción General: Sebastián Blutrach. 

Fotografía: Alejandra López. 

Asistencia de dirección: Mariana Melinc.

Redes sociales: Bushi contenidos. 

Realización de vestuario: Mariana Vera y Constanza Parti, Patricio Delgado, Beatriz Salazar, Lara Shoes y María Ausmendi 

Iluminación: Gonzalo Córdova  

Realización de Pelucas: Roberto Mohr

Teatro El Picadero: Pasaje Enrique Santos Discépolo 1857.

Funciones: Viernes y sábados a las 22 hs. Domingos a las 20 hs.

 

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