La figura de Casandra —la profetisa troyana condenada a decir la verdad sin ser creída— ha recorrido los siglos como un símbolo incómodo de lucidez y marginación. En Kassandra, el dramaturgo Sergio Blanco retoma este mito clásico para desplazarlo hacia una contemporaneidad áspera, atravesada por la migración, la precariedad y la dislocación identitaria. Ya no se trata únicamente de la hija de Príamo que anticipa la caída de Troya, sino de una voz atrapada en los códigos culturales de todas sus historias, que irá narrando a través de la obra, en lenguas aprendidas, forzadas y cargadas de interferencias. En este gesto, la dirección de Roxana Blanco potencia el extrañamiento: Kassandra no solo es ignorada, también es extranjera en su propio relato. Este aspecto remarca una condición que, me parece, nos interpela a todos: al igual que ella, queremos ser mirados, reconocidos y nos movemos hacia ese objetivo, como interventores de lo que quisimos ser sin comprender las consecuencias que recaerán sobre nuestro territorio cuerpo.
El vínculo de la obra con el mito no se rompe, sino que se tensa. La tragedia clásica resuena como un eco que se deforma en el presente, donde la verdad sigue siendo incómoda y el discurso, sospechoso. Esta Kassandra continúa siendo una figura de advertencia, pero ya no frente a reyes y ejércitos, sino ante un mundo globalizado que consume relatos mientras desoye sus implicaciones. La actualización del mito se vuelve así una operación política: ¿quién tiene hoy el derecho a ser escuchado, a ser mirado?, ¿qué voces quedan relegadas a la incredulidad sistemática? ¿Quién decide ese derecho?
Si en su momento la propia Roxana Blanco encarnó a Kassandra con una impronta marcada por la fisicalidad contenida y una densidad trágica que dialogaba de forma más directa con la tradición clásica, la versión actual protagonizada por Soledad Frugone introduce una variación significativa en el tono y en la construcción del personaje. Frugone despliega una Kassandra más fragmentada, más porosa, donde el cuerpo se vuelve territorio de tránsito y la voz un instrumento en permanente mutación. Su interpretación no busca fijar una identidad, sino exhibir la inestabilidad: cambia registros, modula acentos, oscila entre lo confesional y lo performático.
En ese contraste se cifra uno de los mayores aciertos de esta nueva puesta: mientras la Kassandra de Roxana Blanco parecía cargar con el peso de la tragedia como destino inexorable, la de Frugone pone en escena la precariedad del presente, donde la identidad se negocia en cada palabra y en cada gesto: en la aparente simple oferta de un pucho que en el fondo nos habla del hambre y el dolor. Así, la obra se renueva sin perder su núcleo mítico, demostrando que, incluso en su condena a no ser oída, Kassandra sigue encontrando otras formas de decir.
En esta encarnación de Kassandra, el trabajo de Soledad Frugone se vuelve el eje desde el cual la obra respira y se resignifica. Su composición no descansa en una construcción psicológica cerrada, sino en una disponibilidad escénica que la lleva a habitar el personaje como un flujo. El cuerpo se mueve constantemente tensionado entre la exposición y el repliegue: hay momentos de frontalidad donde lo más personal se desborda y la palabra parece emerger con urgencia— y otros en los que se fragmenta, se quiebra, se desliza hacia lo coreográfico o incluso hacia lo grotesco. Frugone trabaja con un registro físico muy preciso, donde cada desplazamiento, cada apoyo oscila entre la ironía y la vulnerabilidad.
El trabajo con la voz resulta especialmente notable. Retoma el recurso del “inglés precario” planteado por Sergio Blanco, pero lo expande hacia una paleta sonora más amplia: acentos que se contaminan, quiebres abruptos, modulaciones que pasan de lo casi infantil a lo áspero, de lo seductor a lo mecánico. Esta articulación vocal no solo refuerza la extranjería del personaje, sino que también expone la lengua como un territorio en disputa. Frugone no “dice” el texto: lo inunda, lo interrumpe, lo pone en crisis. En ese sentido, su Kassandra no es únicamente una narradora de su propia tragedia, sino una performer que revela los mecanismos más íntimos de esa narración.
Es muy difícil observar las diferencias entre las interpretaciones de las Kassandras, especialmente por el tiempo transcurrido entre ambas y, de todos modos, hacerlo sería caer en observaciones pueriles, reduccionistas, condicionadas por una frágil memoria. Hoy, las dos Kassandras están en escena juntas, en otro eje temporal y desde roles distintos.
Actualizar este mito resulta clave porque permite desplazarlo del terreno de lo ejemplar hacia el de lo problemático. La Kassandra de hoy ya no es solo la figura castigada por los dioses, sino una metáfora de múltiples subjetividades contemporáneas: migrantes, de cuerpos disidentes que no encajan en los discursos dominantes. Es el signo de todos los exilios, los hablantes forzados a un desplazamiento, a otras lenguas con la que no es posible enunciar aquello que habita en su memoria.
En un mundo saturado de información, donde la verdad circula, pero no necesariamente se escucha, la condena de Kassandra adquiere una resonancia particular. Su imposibilidad de ser creída dialoga con fenómenos actuales como la desinformación, la verdad líquida, la sobreexposición mediática o la desconfianza hacia ciertas voces.
En esta puesta de Kassandra, la dirección de Roxana Blanco se distingue por una radicalización de un procedimiento que ya estaba presente en trabajos anteriores, pero que aquí alcanza un grado de depuración mayor: la construcción de una escena centrada en la exposición del dispositivo performativo. Más que organizar la acción en términos dramáticos tradicionales, Blanco parece interesada en dejar al descubierto los mecanismos de representación, convirtiendo a la actriz en una especie de médium consciente de su propio acto de narrar.
La dirección no busca que el espectador “olvide” que está frente a una representación, sino todo lo contrario: insiste en recordárselo, tal vez sea un sello Blanco. Esto se traduce en cortes abruptos, cambios de registro sin transición y una administración del ritmo que evita cualquier linealidad confortable. La escena avanza por acumulación de estados más que por progresión narrativa.
Otro aspecto particularmente destacado es el modo en que Blanco trabaja la relación entre cuerpo y lengua, en diálogo con el texto de Sergio Blanco. La palabra no es tratada como vehículo transparente de sentido, sino como materia sonora y física. La dirección potencia ese “inglés roto” no solo como marca identitaria del personaje, sino como un dispositivo escénico que desestabiliza la escucha del público.
En el cruce entre la reflexión y el rigor del análisis escénico, Kassandra se presenta como un campo fértil para pensar no solo la persistencia del mito, sino también sus mutaciones en el presente. La escritura de Sergio Blanco ya instala una operación compleja: desplazar a la profetisa troyana fuera del marco épico para situarla en un territorio lingüístico, cultural y político marcado por signos muy diferentes. Sobre ese andamiaje, la dirección de Roxana Blanco no se limita a “poner en escena” un texto, sino que ensaya —en el sentido más productivo del término— una serie de procedimientos que interrogan la representación misma.
Desde una dimensión más ensayística, lo que emerge es una pregunta insistente: ¿qué significa hoy encarnar a Kassandra? La actualización del mito no se agota en un cambio de contexto, sino que implica una reconfiguración de sus condiciones de inteligibilidad. En un presente atravesado por la sobrecirculación de discursos y la crisis de autoridad de la palabra, la figura de quien “dice la verdad, pero no es creída” adquiere nuevas resonancias. Ya no se trata únicamente de un castigo divino, sino de una lógica social: ciertas voces —por su acento, su procedencia, su corporalidad— quedan sistemáticamente deslegitimadas.
Tal vez, nos sea dado cerrar el artículo proponiendo que uno de los aportes más significativos de esta puesta: no es ofrecer una verdad sobre el mito, sino abrir un espacio donde su sentido pueda seguir siendo disputado.











