La transposición escénica de textos narrativos constituye uno de los desafíos más complejos y fértiles para el teatro contemporáneo, especialmente cuando se trata de autores cuya escritura se sostiene en la intensidad de la atmósfera, en la tensión psicológica y en la construcción de imágenes interiores. En este sentido, la puesta en escena de Cuentos de amor, de locura y de muerte de Horacio Quiroga, bajo la dirección de Micaela Larroca junto al elenco de teatro de La Madriguera, se instala como una experiencia escénica de singular relevancia estética y pedagógica. El espectáculo no sólo recupera algunos de los relatos más representativos del autor, sino que construye un dispositivo teatral que desplaza la lectura del aula hacia la experiencia viva de la representación.
La propuesta posee además un valor especialmente significativo en el contexto educativo uruguayo. Los cuentos de Quiroga forman parte fundamental de los programas de Literatura uruguaya en tercer año de educación media, por lo que el espectáculo establece un puente inmediato entre la experiencia lectora y el acontecimiento teatral. La escena aparece entonces como una prolongación crítica del aula: los textos dejan de ser únicamente materia de análisis para convertirse en cuerpos, voces, movimientos, silencios y espacios. El tránsito “de la lectura a la representación” constituye uno de los grandes aciertos del montaje.
La selección de relatos resulta pertinente y cuidadosamente articulada. A la deriva, El almohadón de plumas, El solitario y La meningitis y su sombra se entrelazan en una estructura fragmentaria que evita la linealidad narrativa y privilegia una lógica de asociaciones temáticas y sensoriales. En lugar de adaptar cada cuento de manera cerrada, la dirección propone un tejido escénico donde las imágenes, ciertos parlamentos y situaciones emblemáticas emergen y se funden unos con otros. El espectador —y particularmente el estudiante— reconoce las huellas de los textos trabajados en clase, pero debe también reconstruir sentidos a partir de los signos teatrales que la escena despliega.
Este procedimiento resulta especialmente adecuado para abordar la obra quiroguiana y su inscripción en el Uruguay del Novecientos. Los cuentos seleccionados condensan algunos de los grandes núcleos temáticos de la época: la enfermedad, la obsesión, el deterioro de los vínculos afectivos, la muerte como presencia cotidiana y la fragilidad del sujeto frente a fuerzas que lo exceden. La modernización acelerada, la crisis de ciertas estructuras tradicionales y el ingreso de nuevas sensibilidades urbanas y científicas aparecen, en Quiroga, atravesadas por un profundo malestar existencial. La puesta de Larroca logra recuperar esa dimensión histórica sin caer en ilustraciones de época; por el contrario, hace que esos conflictos dialoguen con sensibilidades contemporáneas.
Uno de los elementos más destacados del montaje es el modo en que la teatralidad se construye a partir de múltiples lenguajes escénicos. La proyección de imágenes en el fondo del escenario funciona como un auténtico artilugio poético que acompaña el misterio inherente a la narrativa quiroguiana. Las imágenes no cumplen una función meramente decorativa: levantan espacios, sugieren atmósferas y expanden el territorio de la escena. A ello se suma una banda sonora cuidadosamente diseñada, cuyo ritmo acompaña la percepción del espectador y sostiene la tensión dramática. La música y los sonidos operan como un pulso interno que orienta la mirada y acompasa el despliegue físico actoral.
Precisamente en la actuación aparece otro de los rasgos distintivos de la propuesta. La construcción actoral oscila entre momentos de marcado naturalismo y repentinos quiebres formales que alteran el registro interpretativo. Este procedimiento, característico de la dirección de Larroca, introduce zonas cercanas a lo caricaturesco o a la deformación expresionista, generando una inestabilidad que potencia el extrañamiento. Los cuerpos se vuelven así superficies de tensión: pasan de la contención íntima al gesto exacerbado, del realismo psicológico a la composición física estilizada. Esa oscilación evita toda comodidad perceptiva y mantiene al espectador en un estado de alerta permanente.
La globalidad del espectáculo sostiene una notable fluidez interna. Los espectadores transitan constantemente entre el asombro y la tensión, entre el reconocimiento de los cuentos leídos y la búsqueda activa de señales escénicas que les permitan reconstruir sentidos. El montaje no simplifica la complejidad de Quiroga; por el contrario, la transforma en experiencia sensorial y colectiva. Allí radica buena parte de su potencia: el teatro no aparece como un mero recurso didáctico, sino como un espacio de pensamiento y de producción de sentidos.
En tiempos en que el aula necesita repensarse como territorio de articulación, intercambio y experiencia, propuestas como esta adquieren un valor particularmente significativo. Romper las paredes intraáulicas para asistir con estudiantes a un montaje de una cuidadosa selección de los textos de Quiroga, implica habilitar nuevas formas de aproximación al conocimiento. Después de la función aparecen inevitablemente la palabra, la discusión, el análisis y la reflexión compartida. El teatro se convierte entonces en una extensión crítica del espacio educativo, desplazando las prácticas tradicionales de enseñanza hacia experiencias más abiertas e inmersivas.
Sin embargo, reducir esta puesta a una “obra para estudiantes” sería limitar profundamente su alcance. El trabajo de La Madriguera y de Micaela Larroca construye una experiencia escénica que interpela a públicos diversos. La densidad atmosférica, la potencia visual, el trabajo corporal y la compleja arquitectura narrativa hacen de este espectáculo una auténtica inmersión en el universo de Quiroga. Más que adaptar cuentos, la propuesta logra capturar el pulso inquietante de una escritura que continúa atrapando a todas las generaciones, desde sus zonas más oscuras: el amor atravesado por la violencia, la enfermedad como amenaza silenciosa, la locura como fisura de la percepción y la muerte como presencia inevitable.
Funciones mayo y junio en el Auditorio Nelly Goitiño.
Precios especiales para estudiantes.











