Hay obras que sugieren una aparente simplicidad hasta que comienzan a desplegar sus verdaderas dimensiones. “El estado de la unión” pertenece a esa clase de experiencias teatrales que parten de la miniatura emocional hasta alcanzar una potencia inesperada. La pieza escrita por el británico Nick Hornby -uno de los grandes narradores de la fragilidad afectiva y de las contrariedades sentimentales de las clases medias urbanas- encuentra en esta versión una intensidad escénica notable. Bajo la dirección precisa y lúcida de Andrea Garrote (no podía esperarse menos tratándose de semejante artista), y por las actuaciones extraordinarias de Eleonora Wexler y Gonzalo Heredia, la puesta es una experiencia teatral viva, física y emocionalmente riesgosa.
Andrea Garrote comprende algo esencial: el teatro no necesita amplificar artificialmente un conflicto cuando el conflicto verdadero ya está presente en la respiración de los actores. Por eso la puesta evita cualquier tentación de espectacularidad innecesaria. Todo ocurre en el territorio de las miradas suspendidas, de las ironías defensivas, de ataques que lastiman sin apelar a una indulgencia superficial, con un sarcasmo que no oculta el dolor y con una intensa escucha con que los actores protegen a sus personajes. La directora construye un espacio donde cada palabra y silencio parecen tener memoria, de modo que los actores logran un rigor minucioso en el manejo del ritmo. La obra nunca cae en el mero naturalismo intrascendente ni tampoco en una teatralidad de exagerada declamación. Garrote, Wexler y Heredia encuentran un delicado punto intermedio, donde la confrontación se transforma lentamente en material poético, en cuerpos ofrecidos para ese campo de batalla en que suele convertirse una pareja cuando se expone con lo más verdadero de sí misma. Sea lo que sea eso que llamamos amor, aquí se expresa sin remilgues ni reparos y sus armas no se contraen: el humor, la ternura, la rispidez desnuda, entre otras, son desplegadas desde el escenario con una carnadura inhabitual. Esa es quizá una de las mayores virtudes del espectáculo: hacer visible el drama secreto en las situaciones de comedia. Este equipo artístico no se deja tentar con la posibilidad de insinuar una tragedia que no será tal. Estos artistas ponen en escena parte de sus corazones para llegar a los nuestros y así logran emocionarnos sin dejar de apelar a nuestra comprensión.
Eleonora Wexler realiza aquí uno de esos trabajos actorales donde el estilo y el encanto hacen un perfecto equilibrio con la verdad emocional. Su personaje se mueve entre la mordacidad, el cansancio afectivo, el instinto de resguardo y una vulnerabilidad que aparece insinuada de forma asombrosa. Todo en ella es transparente sin dejar de ser misterioso, para lograr uno de esos comportamientos en los que la complejidad no es contradicción, sino un todo que nos resulta fascinante. Tan apegada como desprendida, nada es simple en esta mujer y sin embargo nada hay en ella de rebuscado. Wexler domina admirablemente tanto el arte de la contención como el del arrebato. Un pequeño movimiento de la boca, una pausa mínima antes de responder, el delicado laberinto enardecido que hay en un gesto apenas insinuado y una locuacidad sin fisuras le bastan para revelar años de frustración acumulada. Su vehemencia la hace contemporánea y crea la certeza de una mujer que ya no desea dramatizar su dolor, porque aprendió que incluso el sufrimiento termina burocratizándose dentro de las relaciones largas. Wexler consigue que su personaje, casi clarividente, luche, nunca se vuelva cínico y nos sea entrañable. Debajo de cada comentario ácido permanece viva su necesidad -interpretada sin desesperación- de amar y de seguir siendo amada. Con un vasto recorrido a sus espaldas, Wexler llega en esta obra a uno de esos raros momentos cumbre en que el oficio del actor se concentra y su saber se vuelve entonces un patrimonio permanente.
Gonzalo Heredia, por su parte, entrega uno de los trabajos más maduros e interesantes de su trayectoria. Lejos de cualquier comodidad compone un personaje masculino lleno de frustración, fragilidades y delicados mecanismos defensivos. Heredia entiende perfectamente que el gran tema oculto de su personaje es la dificultad actual de los hombres para expresar aquello que sienten. Sin refugiarse en la evasión o en la agresividad su actuación tiene una cualidad especialmente valiosa: nunca intenta volverse simpático y por eso resulta querible. Hay momentos donde el espectador percibe casi físicamente el miedo del personaje al fracaso, al envejecimiento afectivo, a la pérdida de sentido dentro y fuera de la pareja. Heredia logra transformar esas inseguridades en presencia escénica concreta.
La química entre ambos actores constituye el gran acontecimiento de la obra. El teatro de pareja es probablemente uno de los territorios más difíciles del escenario, porque exige una entrega mutua milimétrica: que dos actores transmitan simultáneamente amor, resentimiento, rutina, culpa, deseo, cansancio y memoria compartida es un hecho infrecuente. Wexler y Heredia alcanzan ese enredo de vibraciones. El espectador reconoce en ellos mundos vividos alguna vez, silencios propios, pequeñas miserias cotidianas que suelen quedar fuera de las grandes narrativas románticas. Ese reconocimiento produce algo extraño: la sala ríe constantemente, pero debajo de la risa aparecen una melancolía y una ternura que se hacen conciencia persistente. A medida que los diálogos se vuelven enfrentamiento y refugio la obra se coteja con las grandes piezas teatrales contemporáneas sobre la pareja y también con zonas del mejor cine de cámara, como el de Richard Linklater en Antes del anochecer, el de Joachim Trier en La peor persona del mundo o el de Asghar Farhadi con Una separación.
La escenografía merece una mención especial por la inteligencia estética con la que construye un espacio ecléctico. Aunque la acción transcurre explícitamente en Buenos Aires, la puesta evita cualquier costumbrismo cerrado y logra proyectar una sensación expansiva y cosmopolita. Hay en el diseño escénico una convivencia muy precisa entre elementos urbanos reconocibles, climas íntimos, una iconografía y una estilización que convierten el escenario en un territorio neutral más que geográfico. Los objetos, las texturas y las disposiciones espaciales pueden ser los de un bar que invita a exponer la crisis afectiva de una pareja que pudiera estar ocurriendo simultáneamente en otro. Esta cualidad abierta de la escenografía amplifica el alcance de la obra y refuerza una de sus ideas centrales: las fracturas afectivas ya no pertenecen a una cultura específica, sino a una fragilidad común en las dificultades para sostener vínculos duraderos. La puesta convierte así lo particular en universal sin perder nunca cercanía humana.
El diseño lumínico trabaja con delicadeza, construyendo climas que se crean desde las propias luces presentes en escena; lejos de una iluminación invasiva o demostrativa, elige la suavidad, los matices y las transiciones casi imperceptibles. Hay momentos en que la luz parece acompañar silenciosamente las vacilaciones internas de la pareja, generando una atmósfera suspendida que potencia el carácter confesional de la obra. Esa sutileza visual se complementa además con una musicalización sumamente pródiga. El recorrido sonoro comienza, inesperadamente, con una conocida melodía de una canción de Cristian Castro -aportando un humor y un ánimo reconocibles- y luego avanza hacia temáticas que generan una evocación de afecto colectivo: la música no aparece únicamente como acompañamiento, sino como tramos compartidos por generaciones.
Así, la totalidad de la obra se pregunta si todavía es posible sostener un vínculo firme en una época atravesada por cierto agotamiento de pasiones; se cuestiona esa, a veces, excesiva conciencia psicológica o la dificultad creciente para tolerar desengaños y dificultades, y lo hace sin la pretensión de obtener respuestas absolutas. La pieza logra narrar el desconcierto amoroso a través de personajes con una adolescencia prolongada, incluso cuando ya han atravesado matrimonios, hijos o crisis existenciales. No hay villanos ni héroes morales o inmorales: hay personas heridas intentando administrar sus propias dudas, errores, aciertos, carencias y reclamos, y esa complejidad ética vuelve especialmente rica esta experiencia teatral: el espectador nunca puede instalarse cómodamente en una posición de juicio definitivo acerca de uno u otro de los personajes.
Esta versión de “El estado de la unión” es mucho más que la historia de una pareja en crisis: es una reflexión sensible sobre el desgaste del tiempo, sobre los pactos y las negociaciones invisibles de la vida adulta, sobre la dificultad de seguir cimentando intimidad en una época marcada por la dispersión, y fundamentalmente, sobre la capacidad de perdonar -al otro y a uno mismo-, a partir del amor, para seguir construyéndolo, cuando quienes aman se lo proponen.
Ficha técnico-artística: Autoría: Nick Hornby - Versión: Andrea Garrote, Gonzalo Heredia. Actúan: Gonzalo Heredia, Eleonora Wexler - Diseño de vestuario: Betiana Temkin - Diseño de escenografía: Rodrigo González Garillo -Diseño De Iluminación: Agnese Lozupone - Fotografía: Alejandra Lopez - Comunicación Digital: Bushi Contenidos - Diseño gráfico: Martín Gorricho - Asistencia de vestuario: Daniela Dearti Asistencia de dirección: Luna Perez Lening - Prensa: SMW - Producción ejecutiva: Luciano Greco, Bárbara Rapoport - Producción general: Sebastián Blutrach -Dirección: Andrea Garrote.
Funciones: Lunes, viernes, sábados y domingos 20 hs.
Teatro Picadero - Dirección: Pasaje Santos Discepolo 1857 Capital Federal - Buenos Aires – Argentina.
http://www.teatropicadero.com.ar/











