El espectáculo comienza con Martin Rechimuzzi sobriamente vestido, sentado en una silla frente a un escritorio y leyendo al público de manera suave, directa, un bellísimo texto sobre la locura de una tía suya llamada Alejandra. Nunca sabremos si esa historia es real o no: se hace inverificable dado el dominio absoluto del oficio que tiene este artista, y en definitiva no importa: lo cierto es que le creemos y que por momentos la emoción que lo atraviesa -y nos atraviesa- se expone como un ruego, un rezo ofrecido hacia la platea para que la locura no se adueñe de él, para que quede libre de la locura -él y nosotros-, de ese flagelo terrible, de su sombra siempre acechante que bien puede ya habernos hecho su presa: todos podemos estar locos, y esto nos dice Rechimuzzi no es una metáfora; basta con mirar al mundo y hacia ciertos incombustibles comportamientos sociales para dudar severamente de nuestra cordura. Es inevitable no pensar en Alejandra Pizarnik. La poeta escribió alguna vez en "Extracción de la piedra de locura": <<Quien te hace doler te recuerda antiguos homenajes. No obstante, lloras funestamente y evocas tu locura y hasta quisieras extraerla de ti como si fuese una piedra, a ella, tu solo privilegio>>. Este fragmento, como tantos de Pizarnik, resuena como un eco dentro del universo de la obra. No se exhibe como una cita ornamental, sino como una clave de lectura. La obra dialoga con ese sentimiento de extranjería radical que atraviesa buena parte de la poesía de Pizarnik: la sensación de habitar un borde entre la realidad compartida y un territorio interior que no siempre encuentra palabras.
Luego de este pasaje, en el que ya no importa si la confesión ha sido real o no, Rechimuzzi cambia por completo el registro de su actuación, para que, mediante un histrionismo que no pretende disimulos, las carcajadas suenen desde los espectadores como un rito abierto y constante, haciendo de ese sonido gutural la Epifanía que aún hoy sigue siendo y que al decir de Walt Whitman es un milagro suficiente como para convencer a seis trillones de incrédulos.
Hay espectáculos que cuentan una historia. Otros intentan ahondar, investigar en una experiencia. Alejandra, una perforación a cielo abierto, el primer unipersonal de Martín Rechimuzzi, pertenece con claridad a esta segunda categoría. Conocido por su magnético talento performático y por un humor que suele desplazarse entre la sátira política, la observación social y la parodia cultural, Rechimuzzi asume aquí un desafío distinto: internarse en un territorio donde la risa convive con el desgarro y donde el teatro se convierte en un espacio para pensar, con sensibilidad y riesgo, la experiencia de la salud mental.
El espectáculo se despliega como un recorrido escénico que oscila entre la risa y la inquietud personal y social de nuestra realidad, entre el grotesco y el credo, entre el artificio teatral y una sensación de verdad que atraviesa todo el dispositivo. Así, desde el inicio queda claro que el actor no se propone simplemente interpretar personajes: lo que aparece en escena es una exploración performática donde el cuerpo, la modulación, las caracterizaciones y el humor funcionan como instrumentos para atravesar una experiencia humana compleja.
Rechimuzzi es un intérprete formado en la lógica de la performance contemporánea y uno de los más atractivos, dueño de una creatividad avasallante. Su trabajo suele apoyarse en la transformación constante, en el pasaje veloz entre distintos registros y en una capacidad notable para construir personajes con pocos elementos. En Alejandra esa habilidad adquiere una dimensión particular porque el espectáculo está sostenido casi enteramente por su presencia escénica en permanente cotejo con y hacia el público; sin invadirlo, Rechimuzzi logra intervenir junto a los espectadores, que celebran ese encuentro.
La obra atraviesa constantemente la sátira y la ironía, y esta definición funciona más bien como un juego siempre arriesgado, porque juego sin riesgo no vale, parece decirnos Rechimuzzi sin formulaciones altisonantes. Lo que sucede en escena desborda rápidamente la forma clásica de la comedia. La risa que no deja de estallar contiene en cada momento un resquicio por donde se filtra algo más inquietante. El universo dramático -siempre humorístico-, gira alrededor de la figura central de Alejandra, trasladada la acción a un espacio reconocible y profundamente argentino: un cumpleaños de quince en un salón del conurbano bonaerense. Ese ritual social, cargado de expectativas familiares y de códigos culturales, funciona como una unidad escénica particularmente eficaz. Sin embargo, poco a poco, ese espacio comienza a deformarse. Lo que parecía una celebración se vuelve un territorio mental. El cumpleaños deja de ser un simple evento social para transformarse en una alegoría escénica donde se condensan distintas experiencias del delirio, del desborde emocional y de la fragilidad psíquica. En ese tránsito se manifiesta uno de los tantos procedimientos brillantes del espectáculo: la multiplicidad de personajes. Rechimuzzi se desplaza entre distintas identidades con rapidez y precisión, construyendo una galería de retratos que parecen surgir de distintos rincones de una misma mente. Animadores de fiestas, amistades familiares, presencias fantasmales y voces interiores emergen y se disipan, configurando una especie de carnaval psíquico. Es conmovedor observar al actor cuando en el fondo de la escena, apenas iluminado, cambia su vestuario y gesticula y suponemos que habla con quienes no sabemos, en una demostración de que la locura se mete donde se le antoje, aún en los instantes más íntimos. Vemos asimismo que no deja Rechimuzzi ni en un solo momento de estar en estado de actuación.
Todo el procedimiento remite a una tradición muy reconocible del teatro argentino: la mezcla entre grotesco, transformismo y humor popular. La exageración corporal y la deformación caricaturesca permiten abordar temas que difícilmente se vean en un espectáculo humorístico sin caer en un tono solemne. La risa funciona como puerta de entrada, pero inmediatamente después asoma cierta incomodidad, que de no emerger convertiría a la obra en un mero pasatiempo; es para agradecer y valorar que se trate de todo lo contrario.
La puesta sugiere constantemente que la locura no puede representarse de manera directa y que no existe una esencia de la locura que el teatro pueda mostrar con simplona naturalidad ni transparencia. Lo que aflora en escena son fragmentos, imágenes, relatos parciales. El espectáculo asume esa imposibilidad y trabaja precisamente a partir de ella. Por eso el mecanismo teatral adopta una forma fragmentaria. El relato avanza a través de escenas breves, cambios de vestuario realizados a la vista del público y desplazamientos entre distintos registros interpretativos. La escenografía es mínima pero cargada de signos: una pantalla que en el monologo inicial altera y descompone los tiempos de una mente logrando una manera de hacer visible la locura junto a objetos simbólicos y elementos que permiten sugerir la coexistencia de múltiples identidades.
Entre esos momentos gratifican las intervenciones musicales del Dúo Acuarela. Su presencia, que atraviesa toda la propuesta, introduce una respiración dentro del espectáculo y refuerza ese clima ambiguo entre fiesta y melancolía, a partir de un comportamiento tan reconocible como pasado de moda con coreografía y canciones que fueron éxitos y que, nuevamente, el público festeja siendo participe, convirtiendo esa relación en un aspecto relevante.
El espectáculo no se limita a presentar una historia cerrada. Más bien propone una experiencia compartida donde la escena funciona como punto de partida para pensar colectivamente la cuestión de la salud mental, ampliando la dimensión comunitaria del proyecto. Se muestra, a partir de la exploración de territorios entre teatro, performance y humor, una diversidad de posibilidades entre las que se destacan la intensidad emocional del trabajo y la potencia interpretativa de Rechimuzzi. Esta tensión forma parte de la propia ambición artística, lograda, del espectáculo.
En el centro de todo esa máquina estética está, luce, inevitablemente, el actor. Un unipersonal implica siempre un desafío particular: sostener la atención del público durante toda la función sin más recurso que el que deviene de él mismo. Rechimuzzi asume ese riesgo con una presencia escénica que combina energía, vulnerabilidad y precisión técnica. Tal vez por eso el título resulta tan sugerente. Una perforación a cielo abierto no es una excavación discreta ni un gesto superficial; es una intervención profunda sobre el terreno habitado y que abre una herida en la superficie para explorar lo que hay debajo. Alejandra funciona exactamente de esa manera: como una excavación escénica que intenta atravesar capas de silencio, prejuicio y miedo alrededor de la experiencia de la locura. Y allí aparece, finalmente, una intuición profundamente teatral. El escenario puede convertirse en un lugar donde aquello que suele permanecer oculto -la fragilidad, el desborde, la angustia- encuentre una forma de ser dicho. Cuando las luces se apagan y el espectáculo termina queda flotando en el aire una sensación difícil de nombrar. No es exactamente tristeza ni tampoco consuelo, tampoco una pretensiosa moraleja. Es, más bien, la percepción de que el teatro, cuando se atreve a mirar hacia los bordes y el abismo de la experiencia humana, puede abrir un espacio donde lo aparentemente incomunicable empieza a encontrar una voz y su forma esencial de decirse a sí misma.
Ficha técnico artística
Actúan: Martín Rechimuzzi - Músicos: Duo Acuarella - Vestuario: La Polilla
Multimedia: Lolo Armendáriz - Stage Manager: Santiago Pane - Diseño De Video: Lolo Armendáriz - Fotografía: Marcelo Setton - Producción ejecutiva: Nicolás Ventura- Producción general: Bautista Laviaguerre, Joaquín Laviaguerre- Grafica: Mauro Fitz
TEATRO EL NACIONAL
Av. Corrientes 960 - Capital Federal - Buenos Aires - Argentina











