Antes que nada, es necesario consignar una condición que pocas veces se cumple antes de una función teatral y que se hace evidente en Por el placer de volver a verla: hay en la sala una alegría que el público comparte, porque ver a Miguel Ángel Solá en un escenario es siempre un acontecimiento. Susurros, cierto sosiego y también ansias, guiños entre los asistentes confirman un estado de regocijo y muestran un preludio en el que la espera es ya parte del espectáculo.
Hay situaciones en que los sueños son más poderosos que la realidad; no porque pretendan o consigan anularla, ni porque nos permitan escapar de ella, sino porque poseen una facultad que a la realidad le está vedada: pueden devolvernos aquello que el tiempo se llevó. Y hay otras, acaso todavía más misteriosas, en que ya no sabemos con certeza si estamos soñando o recordando, porque el recuerdo, cuando alcanza una intensidad categórica, deja de ser una evocación del pasado para transformarse en una forma del presente y en una propuesta del porvenir. Recordar ya no consiste entonces en pensar en alguien que estuvo, sino en volver a estar con alguien que está, de otra manera, bajo otras leyes, en una dimensión que no responde enteramente a la lógica cotidiana. “Por el placer de volver a verla”, escrita por Michel Tremablay, trabaja precisamente sobre esa zona incierta y prodigiosa, en la que el tiempo deja de comportarse como solemos exigirle y comienza a plegarse sobre sí mismo tanto como a expandirse. Borges suscribe esta conjetura, y también, con otros instrumentos y naturalmente desde otro territorio, algunas especulaciones de la física contemporánea. Pasado, presente y futuro no son compartimentos tan obedientes como nos empecinamos en creer; es probable, y posible, que aquello que ocurrió no haya terminado de ocurrir, y por lo tanto siga ocurriendo, mientras exista alguien capaz de recordarlo. Por supuesto, no todos los recuerdos tienen la misma potencia: hay recuerdos que apenas informan que algo sucedió; otros conservan una imagen, un olor, una frase, una manera de caminar, un gesto aparentemente insignificante que sobrevivió cuando asuntos, en apariencia, muchísimo más importantes desaparecieron para siempre. Y algunos producen un suceso extraordinariamente bello que nuestra intimidad celebra: restituyen una presencia, y entonces hasta es posible, y probable, que nuestros muertos amados regresen. En unas líneas de sus Cuatro cuartetos, T.S. Elliot lo escribe refinadamente:
“Nacemos con los muertos:
mira, regresan, y nos traen con ellos."
Esos seres que amamos no vuelven como fantasmas ni como apariciones sobrenaturales; vuelven en la diversidad con que habitaron nuestra vida, ya que no recordamos a una persona de una sola manera, porque nadie es de una sola manera, y ese es otro suceso para celebrar. Por ejemplo, como en esta obra de modo esencial, podemos recordar a nuestra madre joven cuando nosotros éramos niños, a esa misma madre cuando comenzamos a crecer, cuando discutimos con ella, cuando envejeció, cuando empezamos a cuidarla; podemos recordarla en distintas edades suyas y distintas edades nuestras. Quien regresa mediante el recuerdo no es, por lo tanto, una persona sino muchas, y nosotros también somos muchos frente a ella; así, también la obra nos invita a crear a quienes amamos cuando las recordamos y esa creación forma parte de nuestra verdad. La memoria no es un archivo judicial y no tiene la obligación de presentar pruebas; selecciona, modifica, ilumina algunos instantes como condena a otros a la oscuridad; exagera un gesto, borra una tarde entera, conserva durante cincuenta años una frase que probablemente quien la pronunció olvidó cinco minutos después; y con esos materiales incompletos, vamos construyendo gran parte de nuestra historia. El teatro hace exactamente lo mismo y por eso quienes realizan Por el placer de volver a verla encuentran en el escenario su territorio natural al agregarle a la realidad cotidiana, al sueño y al recuerdo una cuarta, la realidad de la representación, como manifiesto de una inquebrantable idea para vivir: dos actores respiran, caminan, hablan y ocupan un espacio concreto para representar un presente que nos emociona y conmociona, y logran que para ellos, y para nosotros en la platea, todo esté sucediendo sin simulación posible y por primera vez. Miguel Ángel Solá y Mercedes Funes, van más allá de un texto notable: crean personajes, una madre y su hijo, cuyas experiencias ya nos pertenecen al terminar la función. Los grandes creadores lo han sabido siempre, no necesariamente porque hayan practicado la autobiografía, sino porque comprendieron que la experiencia personal no consiste solamente en aquello que creemos que ocurrió; también está formada por lo que vimos, lo que deseamos, lo que temimos, aquello que nos contaron cuando éramos niños, las historias familiares repetidas hasta convertirse casi en mitología, las personas que amamos, aquellas que detestamos y hasta los hechos que no vivimos pero que, por alguna razón inexplicable, o explicable como en esta obra desde el territorio del alma, sentimos como propios. Desde allí surge la simiente del hecho artístico; después vendrán la imaginación, la estructura, la técnica, las decisiones, el trabajo infinito mediante el cual una circunstancia privada deja de pertenecer exclusivamente a quien la vivió y puede comenzar a pertenecernos a todos. Esa es probablemente una de las operaciones más difíciles del arte: convertir lo íntimo en universal sin quitarle originalidad, en el mejor y más bonito de los sentidos del término, el de ser origen. Así, en el origen y en el centro de Por el placer de volver a verla aparece la vivencia de la orfandad. Poco se habla de la extraña orfandad que sobreviene cuando ya somos adultos, cuando acaso tenemos hijos, una profesión, una historia construida, una edad en la que, aparentemente, no necesitamos que nadie nos proteja, y sin embargo, si somos huérfanos, mucho de nuestra identidad queda súbitamente sin testigos. ¿Quién nos contará ahora cómo éramos? ¿Quién recordará aquella aventura que nosotros no podemos recordar, aquellas palabras que pronunciamos por primera vez, nuestro miedo el primer día de escuela, la manera en que nos quedábamos dormidos, el juguete que llevábamos a todas partes, aquella particularidad de nuestro carácter que apareció mucho antes de que nosotros pudiéramos saber que teníamos un carácter? Los padres son, entre tantas otras cosas, los primeros narradores de nuestra vida y Por el placer de volver a verla nos agasaja y convida a regresar donde la narración de nuestra memoria vaya. La madre de la obra seguirá viviendo, porque mientras pueda ser recordada continuará narrando, y mientras continúe narrando será el hijo quien la haga vivir y los dos seguirán creándose y ambos a nosotros, que recordaremos para siempre lo que compartimos la noche en que los vimos. Para que esas cuatro realidades —la cotidiana, la del sueño, la del recuerdo y la estrictamente teatral— puedan convivir, la puesta construye alrededor de los actores un mundo de una delicadeza excepcional. La dirección de González Gil es, como siempre en su caso, excepcional, detallista, preciosa; es una dirección que abraza con enorme maestría la totalidad. La música de Martín Bianchedi interviene, honda, sutil y enorme a sus tiempos, siempre sublime, y se retira, haciendo de ese recogimiento también parte de su melodía. El diseño escénico de Lula Rojo, el vestuario creado por Lara Sol Gaudini, el diseño de arte de Nico Rejlis y la iluminación de Matias Sendón revelan una unidad y son un único gran logro que nos regala climas substanciales, en una variedad de imágenes que acarician nuestra imaginación.
Mercedes Funes es ya una gran actriz consagrada: lo ha demostrado, lo sigue demostrando y así seguirá. Pero decirlo no alcanza para explicar lo que de ella sucede en esta obra: su abanico de posibilidades actorales es descomunal y nos deleita durante todo el tiempo que está en escena, para que la extrañemos en los breves instantes en que no está. Mercedes Funes es una ilusionista prodigiosa y consigue que pensemos que su personaje nunca fue ensayado, como si aquello que hace sucediera porque ella acaba de decidirlo, como si una pausa no hubiera sido establecida previamente, como si un movimiento naciera de una necesidad de ese preciso segundo, como si una emoción apareciera por primera vez delante de nosotros. Por supuesto que detrás de esa aparente espontaneidad existe trabajo, disciplina, dirección, repetición, técnica y precisamente allí reside el prodigio: en trabajar hasta conseguir borrar las huellas del trabajo, pero también con un carisma que nos conquista.
Es difícil decir algo que no se haya dicho sobre la inmensidad creativa de Miguel Ángel Solá; impresiona ratificar que es un artista que durante toda su vida logró actuar lo que se propusiera; y lo sigue logrando: todos los trabajos artísticos de Solá tuvieron y tienen un estado de dominio absoluto; sabe, con una certeza absoluta que transmite en cada una de sus actuaciones, que puede actuar lo que le plazca. Su seguridad para ser el artista que quiera ser nos es transferida a los espectadores, que lo vemos en estado de fascinación libre de cualquier prejuicio y miedo: todo lo que actúe llegará a nosotros por intermedio de un ensueño que nada puede opacar. No se trata este de un juicio lanzado al entusiasmo; basta recorrer, aun de manera incompleta, una trayectoria que pareciera imposible para un solo actor, desde aquel Equus de Peter Shaffer que lo instaló definitivamente en la primera línea del teatro argentino hasta El hombre elefante; desde El águila de dos cabezas y Capítulo segundo hasta Trampa mortal; desde Camino negro, Federico García viene a nacer, Julio César y Sin testigos hasta Los mosqueteros del Rey; desde los sucesivos Vida, obra, sexo y arte de Alberto Carlos Bustos, escritos, dirigidos y actuados por él, hasta El veneno del teatro, Doble o nada y las distintas vidas escénicas de El diario de Adán y Eva. Y el recorrido se expande hacia el cine: Asesinato en el Senado de la Nación, El exilio de Gardel, Sur, La nave de los locos, Casas de fuego, Bajo bandera, El amor y el espanto, La fuga, entre tantos otros, hasta Fausto 5.0, aquella incursión cinematográfica en el universo de La Fura dels Baus. Teatro, cine, la mejor televisión, autoría, dirección: enumerarlo todo sería convertir esta crítica en una biografía y aun así quedarían zonas afuera. Después de una trayectoria semejante, después de haber transitado personajes de procedencias, densidades y registros tan diversos, después de décadas de escenarios, cámaras, reconocimientos y premios, Solá aparece y ocurre algo que ya excede la eficacia interpretativa: se instala, porque ya está en nuestros corazones, porque ya nos ha demostrado una y mil veces cómo somos. Hay actores que entran a escena; Solá modifica el escenario cuando entra. Ver actuar a Miguel Ángel Solá es como estar ante un pintor y tener el privilegio de verlo pintar mientras el cuadro aparece; con una jerarquía en ausencia de esfuerzo Solá se abre para ir exactamente hacia donde determine, sin vacilación, y de pronto donde antes no había nada hay una forma que nadie más habría podido producir de ese modo. Es desconcertante esa facilidad que poseen ciertos artistas para realizar lo que, en manos otros, es inalcanzable. Ojalá pudiéramos desentrañar los mecanismos internos que permiten a un artista especial hacer aquello que para el resto resulta inaccesible, pero no podemos; podemos estudiar la técnica, reconocer procedimientos, observar cómo respira un actor, cómo administra un silencio, cómo desplaza el cuerpo, cómo cambia imperceptiblemente una mirada; podemos estudiar las leyes ocultas de la actuación, escribir sobre actuación, analizarla durante horas y aun después de haber explicado todo eso queda lo que no podemos explicar: cómo hace para actuar lo que actúa, para crear lo que crea, Miguel Ángel Solá. Su presencia impone una particular combinación de admiración respeto, emoción y alegría, y en esta obra sucede que nuestra historia de espectadores entra a escena con él: los personajes que alguna vez le vimos interpretar, los años transcurridos, nuestra propia edad cuando lo vimos por primera vez, nuestras vidas a medida que lo vimos actuar, todo lo acompaña y nos acompaña como un tesoro y un secreto invalorable. Solá logra la proeza de hacer que lo sucesivo se vuelva simultáneo, y como la buena memoria, perdura para siempre en nosotros. Su estar y ser en el escenario se despliega como un atlas —para tomar prestada aquella imagen de Serrat—, para hacernos, de vez en cuando, y como siempre cuando lo vemos actuar, mejor la vida. Se trata, ni más ni menos, del placer, otra vez, de volver a verlo.
En suma, una dosificación inteligente de ternura y humor hacen de la obra un espectáculo inolvidable, con un final tan delicioso y conmovedor como para que el público aplauda, agradecido y de pie.
Fotografía: Alejandra López
Paseo La Plaza
Viernes, 20 hs.
Sábados 19,30 hs.
Domingo 19,15 hs.











