“Otro día divino.”
—Winnie, Los días felices, Samuel Beckett
Luces y sombras bañan los tres biombos dispuestos sobre el escenario del Teatro Millenium. Los de cada extremo tienen su correspondencia con el mundo quijotesco de la pieza que está por presentarse: molinos, campos y árboles. El del medio está vacío, como si todavía tuviera un relato por escribirse.
Entre luces y sombras, el Festival Internacional de las Artes Escénicas Bambú se nos manifiesta, casi como algo espectral. Y es que esta edición no es una más de las 36 que ya tiene a sus espaldas. Tiene algo lastimosamente distintivo: la ausencia de una figura esencial para su historia, Danilo Lagos.
Esta edición está dedicada a la memoria de un teatrista latinoamericano: fundador del grupo, docente, titiritero, actor, gestor, padre de familia y amigo. Con la dificultad que implica hablar de alguien que ha muerto y que, además, fue un amigo entrañable, Edgar Valeriano, actual director del Grupo Teatral Bambú, señala que este es el primer festival sin la presencia de Danilo. Y son 36 años. Una proeza en un país como Honduras, donde acumular años ya no es tan común en los proyectos teatrales.
El Festival Internacional de las Artes Escénicas Bambú se celebró del 21 al 25 de julio de 2026, convocando a agrupaciones de Honduras, El Salvador, Costa Rica, entre otros países. Teatro, danza, narración oral y música hicieron parte de un festival que, antes que nada, volvió a producir un encuentro. Una palabra que describe con precisión lo que Bambú hace: reunir a personas de distintos lugares, a pesar de las adversidades económicas que atraviesa, para construir un espacio de fraternidad alrededor de las tablas, en medio de un mundo frío, hostil.
“El festival nace para conmemorar el aniversario del Grupo Teatral Bambú. Hicimos esa primera edición sin pensar que iba a tener una continuidad tan grande como ha tenido, sino con ese deseo de compartir, de irse fortaleciendo a lo largo de los años.”
Me lo cuenta Edgar Valeriano mientras se sienta, con su sombrero de junco característico, en medio de la sala Padre Trino de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras.
“Hemos traído a más de 400 agrupaciones de distintas partes del mundo a través del Festival Bambú y hemos puesto a Honduras en el mapa del mundo.”
Entonces, el festival como convivio, como bien lo ha planteado Jorge Dubatti: ese encuentro de cuerpos en el que se honra a los muertos, se baila, se actúa y se festeja. Hay algo profundamente latinoamericano en caminar con la muerte, celebrarla y realizar los respectivos ritos fúnebres. La muerte no necesariamente como final, sino como presencia que vuelve, que se incorpora a los cuerpos y a los relatos.
Entre las más de diez obras de teatro que se presentaron aparecieron algunos motivos recurrentes: las infancias, lo trágico, lo espectral, la escisión, el espejo, la memoria y la tensión entre la contemporaneidad y lo clásico.
La obra que inauguró el festival, Temblad, gigantes del mundo, dirigida por Karla Núñez, hace referencia a este último elemento. Una pieza que rompe constantemente la cuarta pared y vuelve conscientes a los personajes creados por Cervantes de que forman parte de una novela. La selección de esta obra no parece fortuita. Fue una de las últimas piezas en las que actuó Danilo, quien interpretaba, paradójicamente, el espectro de un Cervantes que aparece en escena. En esta ocasión, el personaje fue interpretado por Gabriela Valeriano Núñez. El elenco también contó con Edgar Valeriano, hijo, como Quijote, y Mayra Ponce Rodríguez como Sancho.
“El teatro siempre habla de espectros”, me dijo alguna vez Patricia Zángaro en Buenos Aires.
Un ejercicio particularmente interesante en esta línea fue la presentación de dos montajes que parten de un mismo texto: Juana la Loca, escrita por el salvadoreño Carlos Véliz. Es el juego tan popular del espejo que hacemos en el teatro. Solo que aquí la imagen que devuelve ese espejo es diferente: cada montaje encuentra su propia forma de mirar el mismo texto.
La obra trata sobre Juana Pavón, destacada poeta hondureña cuya vida estuvo marcada por las violaciones, las irreverencias, las angustias existenciales y un encuentro singular con la poesía a partir de las vicisitudes que dejaron huella en su cuerpo.
En la propuesta salvadoreña de Juana la Loca, dirigida por Eunice Payés, el personaje es interpretado por una sola actriz, Angélica Anariba. La propuesta incorpora elementos sumamente disruptivos, como la danza y una música notable ejecutada en vivo por Mauro Lara y César Alas. La precisión del espectáculo en su conjunción de múltiples elementos como los visuales, actorales y sonoros es notable.
Por otro lado, el Grupo Teatral Bambú, que conoce muy de cerca a Juana por haber convivido con ella en distintos momentos de su historia, realiza una operación interesante sobre el texto: decide fragmentar a Juana, interpretada por Delma Zepeda, Karla Núñez (quien también interpretó a Juana en un videoclip de la banda Puras Mujeres) y Gabriela Valeriano. La obra es dirigida por Luis Cruz.
Cada montaje tiene su propio valor y ambos nos conducen hacia algunas preguntas: ¿qué tiene para decirnos todavía el espectro de Juana en sociedades cada vez más violentas? ¿es posible encontrar la poesía en un mundo enfermo? ¿Qué es vivir una vida?
Hablar de estas obras es traer a la luz la memoria, uno de los núcleos de la obra que cerró el festival: Abrazo Fósil, de la agrupación Crisol Teatro, dirigida por Rodrigo David Gutiérrez y protagonizada por Uriel Morera. En esta pieza, un hombre viaja a La Arenosa, una playa que lo pone en contacto con sus recuerdos. Mediante un despliegue de recursos visuales, poéticos y teatrales, la obra nos conduce a través de la mente de este hombre y de aquello que permanece enterrado en ella.
Como contraste a estas propuestas dirigidas a públicos adultos, el teatro infantil también estuvo presente con El Principito, de Teatro Fabrik de Sueños, de El Salvador, y Zapatitos Nuevos, de El Club de los Zanates, de Honduras. Por el lado de la narración oral, La Giganta Lula, de Creatividad Escénica, de Nicaragua, se hizo presente.
Las funciones se llevaron a cabo en espacios diversos: el Teatro Millenium, la Alianza Francesa y el Centro Cultural La Ilimitada. Al mirar el teatro que se produce en la región a través de esta programación, también aparece una pregunta sobre las formas escénicas que predominan: muchas de estas propuestas mantienen una relación bifrontal entre público y escenario, reproduciendo el convencional binomio entre espectadores y actuantes. El encuentro existe, pero el espacio que lo contiene todavía puede ser cuestionado.
Hay otra cuestión que atraviesa inevitablemente al festival: su escasa financiación.
“El festival es un trabajo de colaboración que asumimos tanto el comité organizador como el grupo, que trabajan como si fueran los mejores pagados del mundo porque todos están enfocados en ese objetivo”, dice Edgar Valeriano.
“Realizar teatro en nuestro país, y en general para todas las artes, es un trabajo árido, en el que constantemente hay que saltar obstáculos. Este Festival 36 quizá nos está costando tanto o más que el primero, solo que con objetivos más grandes o metas que nos replanteamos. No queremos bajar la calidad de los espectáculos ni de las convocatorias que hemos tenido. Siempre corremos el riesgo de quedar endeudados, acudir a préstamos, pero también hemos gozado, en algunas ocasiones, de fuentes de ayuda de la cooperación internacional. Lastimosamente, en el país no hay políticas culturales que realmente acompañen el quehacer de las artes.”
Y, sin embargo, el festival sucede.
A pesar de las vicisitudes, Bambú continúa reuniendo cuerpos, obras, artistas y espectadores. Continúa poniendo en circulación historias que regresan desde la memoria. Continúa haciendo aparecer fantasmas sobre los escenarios.
Y pienso entonces que, si existe algún lugar desde donde Danilo pueda mirar este trigésimo sexto festival, probablemente no estaría buscando una obra perfecta ni un festival sin dificultades. Quizás simplemente estaría viendo a sus compañeros, a sus amigos, haciendo lo que aprendieron a hacer juntos: seguir adelante.











