El sorprendente y peligroso juego del teatro

Con un lenguaje y estilo propios, Roxana Berco escribe y dirige “Los cuartos oscuros”, en una puesta de inusual belleza que confronta al espectador con la cruda realidad argentina.
Por: Claudio Ferrari | Creado el 02/06/2025 | 1.987

Mientras se asiste a la función, y después, uno no puede dejar de preguntarse cómo ha sido posible que una obra tan honesta y apocalíptica haya logrado que la disfrutemos tanto, que la risa nos gane, que su oscuridad nos ilumine. Se trata de una gran obra, de esas que pueden meter humor donde no es posible, crear un mundo terrible y lograr que esa dignidad para no transigir, se convierta a la salida del teatro en reflexión, en discusión y replanteo, siempre y cuando no nos hagamos los distraídos y miremos para otro lado; pero ese no es un asunto de la obra sino nuestro, claro.   

Apenas empieza un personaje le dice a su hermana -una hermana que tiene claros síntomas de padecer una angustia insoportable-, que nada es tan dramático, que con unas pastillas para la psicosis su sufrimiento pasará; se trata sin dudas de un chiste inapelable y brillante, que en el contexto de la realidad argentina se hace brutal, transgresor de buenas costumbres y angustiante. Así, en este estado de cosas, en este ser contingente de nuestro tiempo, la obra transcurre, y sin embargo todo lo que pasa en escena, que es muchas veces intolerable -por obra de la maestría de la escritura textual y escénica de Roxana Berco, de las contundentes, espléndidas actuaciones, de los superlativos diseños escenográficos, de iluminación, de vestuario y  sonoro, en definitiva, de todo lo que constituye la pieza-, se transita, desde la platea, con un asombro y un deleite que se vuelve amoroso ante tanta lucidez. 

La historia de una madre y sus dos hijas, en situación de trastorno a partir de unos comicios de resultados inesperadamente dañinos para toda integridad humana, se nos representa y presenta como un espejo que en tanto nos deforma, más nos muestra como somos. Hay en ellas una desquiciada resistencia, que es también una comprensible incapacidad para aceptar la realidad inesperada y desesperante, en tanto que además se formulan una invocación permanente a la necesidad de acciones que les son imposibles de imaginar. Para esta madre y estas hijas, la posibilidad de cambiar la disposición de lo que ocurre es inconcebible por estar fuera de su alcance y por eso mismo -en principio-, ninguna reacción pueden realizar; por el contrario, quedan paralizadas, desubicadas, sin saber qué hacer ni cómo. La intención, tardía e inútil de defenderse o de atacar a un afuera que siempre -lo saben-, va a ser más más fuerte que ellas, se hace, sin embargo, una necesidad que los personajes no pueden controlar ni detener. Será luego, cuando ya no quede más remedio, ante el ataque feroz del afuera, que la acción dejará de ser discurso y lamento y se convertirá en respuesta violenta, en guerra concreta, con armas y tiros, chalecos antibalas, alucinada violencia en defensa de lo que apenas pueda salvarse, en un estallido escénico como pocas veces se vio en un escenario independiente del teatro argentino. 

La obra, manejando tiempos y devenires con minuciosa pericia, muestra cómo se generará una situación de esquizofrenia familiar, donde el adentro llegará a ser tan inaguantable como el afuera. Se nos hace evidente que por más intentos de refugio y de aislamiento, por más estrategia de defensa, el afuera, ese poder que se expresa siempre lejos de todo entendimiento, misteriosamente cierto e inalcanzable, se mete por la ventana de la casa y logra destruir vínculos familiares, viejos valores, anhelos, y hasta el deseo de seguir. Dan ganas de balearse en un rincón, parece evocar y decirnos la obra, ante tanto destrozo, y esto, que habitualmente es metáfora y palabra en escena, aquí es acción concreta, bala y bala imposibles de parar. 

Lo extraordinario es que -nuevamente hay que señalarlo-, asistimos a estas situaciones límites de tan sufridas, como hoy asistimos a tantas en la realidad cotidiana de esto que siguen diciéndonos que es la vida aquí y ahora: un suceder inimaginable hasta no hace mucho y que no nos permite reaccionar. Somos en las butacas, más espectadores que nunca ante lo que nos propone la obra y ese logro es otro de los tantos de Berco y su equipo: nos transforma tanto en espectadores como espectadores estamos siendo cada día, mientras nos preguntamos cómo fue que pudo pasarnos esto, cómo nos dejará de pasar, con qué armas contamos, con qué chalecos podremos defendernos de tantas balas a nuestros corazones.   

En el medio de un principio todavía levemente esperanzado y el final donde quizá nada quede en pie, vemos -enumerando solo algunas situaciones-, cómo la valorización del arte es apenas nostalgia y por lo tanto pérdida aparente de sentido y cómo ya no valoramos a nuestros artistas, desprotegiéndolos: la madre, actriz de familia de actores, invoca tragedias griegas o en “La vida es sueño”, para refugiarse al menos en una nostalgia en la que aquellos sueños de la vida, que sueños eran, ni siquiera pueden soñarse ahora. Es en esta apelación a una poética antigua y añorada, en que la tragedia como género producía catarsis salvadoras, donde vemos que la tragedia actual es también inevitable, pero que de no reaccionar no será momentánea; será sin expiación ni epifanía posible. Vemos también, en otro acierto, como la hija desesperada, no puede escapar de la manía de querer informarse, aunque sea con la inescrupulosa, verificable desinformación con que los medios de comunicación la atrapan; es una joven lúcida cuya única manera de intentar entender esto que pasa, es a partir de pantallas que se vuelven adicción. 

Nada es casual en esta obra y todo está construido como un mecanismo perfecto. El departamento agobiante en el que viven en estado de encierro queda en Congreso, un barrio ahora degradado, reconocen los personajes: todo dicho. Las hermanas pelean o juegan a una lotería aburrida y sin premio en la que nadie gana. La Obra Social o Pami son esqueletos que nada sanan ni proveen; el pasado es un paraíso perdido; las estructuras religiosas son meros metros cuadrados de cemento. Un vendedor de armas, ante terribles explosiones en la calle que pueden destruirlo todo, las lleva al departamento para evitar que se las roben y las deja junto a otros pertrechos regodeándose en narrar sus pasatiempos vulgares. Así, la obra sigue, a cada momento, como con lupa precisa, mostrando la realidad, no solo argentina, y ampliando la mirada en lo que las cuchillas de un bisturí hieren y matan sin piedad, mientras uno se pregunta cómo ha logrado esta obra hablar de tanto y tan trascendente en apenas una hora y cuarto. 

No hay modo ni nunca es conveniente intentar deducir cómo ni porqué se origina un hecho artístico del presente; esa es tarea de futuros historiadores. El creador en su tiempo tiene siempre el derecho a preservar el enigma de lo que significa para él su obra y cómo gestó su creación. Roxana Berco, que ya ha dado numerosas pruebas de ser una artista integral, merece ese derecho; aún así no es posible no aplaudir y agradecer que su teatro sea hoy un sitio peligroso donde sucede todo, menos la indiferencia. 

 

Ficha técnico artística

Dramaturgia: Roxana Berco

Actúan: Horacio Banega, Pía Fonseca, Lili Popovich, María Valiente

Diseño de vestuario: Laura Spampinato, Marcelo Valiente

Diseño de escenografía: Marcelo Valiente

Diseño sonoro: Carmen Baliero, Manuel Brener, María Valiente

Diseño De Iluminación: Gonzalo Calcagno

Fotografía: Marcela Russarabian

Diseño gráfico: Andrea Boass

Asistencia de escenografía: Laura Spampinato

Asistencia de iluminación: Mariana Morán Benitez

Asistencia de dirección: Manuel Brener

Prensa: Marcos Mutuverría

Colaboración En Difusión: Marcos Mutuverría

Dirección: Roxana Berco

 

Teatro: Patio de Actores, Lerma 568.

Viernes 20 hs. 

 

Crítica de espectáculos

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