En teatro de Tato Pavlovsky tan vigente hoy como siempre

“Cuando el miedo vuelve a entrar en nuestras casas”
Por: Claudio Ferrari | Creado el 30/09/2026 | 56

Hay nombres que no deberían necesitar presentación dentro del teatro argentino, pero el paso del tiempo tiene sus injusticias y Eduardo “Tato” Pavlovsky merece, especialmente para las generaciones más jóvenes, volver a ser presentado. Nacido en Buenos Aires el 10 de diciembre de 1933 y fallecido en la misma ciudad el 4 de octubre de 2015, Pavlovsky fue una de esas figuras difíciles de encerrar dentro de una profesión. Fue dramaturgo, actor, director, médico, psiquiatra, psicoanalista, psicoterapeuta, pensador político y uno de los grandes introductores y propulsores del psicodrama en América Latina. Se había recibido de médico en 1957 y su recorrido por el psicoanálisis y, fundamentalmente, por el trabajo grupal y el psicodrama no constituyó una actividad paralela a su teatro: ambas experiencias se contaminaron, afortunadamente, durante toda su vida.

Pavlovsky miraba los cuerpos como un hombre de teatro y los conflictos humanos como un terapeuta; pero miraba también a esos mismos cuerpos atravesados por la historia, por el poder, por la violencia y por la política. De allí que su teatro nunca haya necesitado convertir a sus personajes en portavoces de consignas. La política estaba en ellos: en sus movimientos, sus miedos, sus silencios, sus perversiones, sus sometimientos, sus mecanismos de defensa; estaba en el cuerpo.

Desde los años sesenta, cuando comenzó a transitar la vanguardia teatral influido por Beckett, Pinter, Ionesco y Arrabal, Pavlovsky construyó una de las dramaturgias más personales del teatro argentino. El señor Galíndez, Telarañas, Cámara lenta, Potestad, El señor Laforgue, Rojos globos rojos, Poroto, La muerte de Marguerite Duras son apenas algunos títulos de una obra inmensa, atravesada por una pregunta que parece repetirse bajo formas diferentes: ¿qué hace el poder con nosotros y, acaso todavía más inquietante, qué terminamos haciendo nosotros con el poder que nos ha atravesado?

Fue además un actor extraordinario, de una presencia escénica que quienes tuvimos la oportunidad de verlo difícilmente podamos olvidar. Pavlovsky no parecía interpretar sus personajes: parecía permitir que algo peligroso sucediera dentro de él mientras los interpretaba. En Potestad, por ejemplo, consiguió una de esas creaciones que forman parte de la historia del teatro argentino porque obligaban al espectador a desplazarse moralmente durante la representación, a descubrir que aquello con lo que había empezado a identificarse podía convertirse, poco después, en algo aterrador.

Quizás por eso resulte extraño que su teatro no sea representado hoy con la frecuencia que merece; o quizás no sea tan extraño: Pavlovsky incomoda. Sus textos no envejecen porque las enfermedades políticas y humanas que observó tampoco parecen haber envejecido demasiado.

Tercero incluido constituye una demostración extraordinaria.

La obra fue escrita para Teatro Abierto 1981, aquel movimiento que reunió a dramaturgos, actores, directores, técnicos y trabajadores de la escena argentina en uno de los mayores actos de resistencia cultural contra la última dictadura militar. El 6 de agosto de ese año, la noche en que se había representado precisamente Tercero incluido, bombas incendiarias destruyeron el Teatro del Picadero. El intento de terminar con Teatro Abierto produjo exactamente el resultado contrario: el teatro argentino respondió colectivamente, numerosas salas ofrecieron sus escenarios y el ciclo continuó en el Teatro Tabarís ante un público todavía más numeroso.

Pocas obras pueden cargar sobre sí mismas una circunstancia histórica semejante sin quedar aprisionadas por ella.

Tercero incluido no solamente sobrevivió: cuarenta y cinco años después parece haber vuelto a escribirse.

Y ese es el enorme mérito de la versión que dirige Jimena Palma: porque Palma no realiza arqueología teatral, no reconstruye 1981, no convierte el texto de Pavlovsky en documento de una dictadura ni coloca al espectador frente a una vitrina donde observar una pieza valiosa de nuestro pasado. Hace algo muchísimo más difícil: encuentra dentro de aquella obra la obra que estaba esperando nuestro presente.

En el original hay un matrimonio, Carmela y Anastasio, una habitación, una cama, un hombre obsesionado por una guerra que cree inminente y una mujer que todavía intenta recuperar algo tan elemental como el deseo, el sexo, el contacto con el hombre con quien comparte su vida. Él lee a Carl von Clausewitz, el gran teórico prusiano de la guerra; interpreta cada sonido como una amenaza, cada presencia como una posible invasión, cada movimiento exterior como la llegada del enemigo.

Pero Jimena Palma despoja a la obra de cualquier comodidad realista: en esta versión prácticamente no hay casa; no hay una cama que proteja; no hay refugio. Hay espacio y cuerpos,  hay luz y sonidos, y hay miedo.

Desde el comienzo Laura D'Antonio y Fausto Guerra parecen habitantes de un mundo en el que las personas han comenzado a perder algunos de sus atributos humanos. Sus movimientos tienen algo de danza, algo de ejercicio militar, algo de mecanismo automático. Por momentos son personas robotizadas; por momentos, soldados que todavía no saben que lo son. Y esa decisión resulta fundamental porque convierte en acción física aquello que Pavlovsky había escrito como amenaza.

La militarización no llega de golpe; se introduce, penetra y  contamina.

La violencia institucional parece descender lentamente sobre la intimidad hasta instalarse en ella: la política entra en la casa, después entra en la pareja y finalmente entra en el cuerpo.

Carmela y Anastasio tienen miedo y ambos no saben hacer lo mismo con ese miedo.

Ella busca desesperadamente estrechar el vínculo, recuperar el contacto, hacer el amor, volver a ser una mujer junto a un hombre, reconstruir aunque sea por unos minutos aquello que alguna vez debió ser una pareja; frente a un mundo amenazante, su respuesta es acercarse.

Anastasio hace exactamente lo contrario; se prepara, se arma, sospecha, estudia estrategias, imagina invasiones, busca enemigos y 

cuanto más teme a la violencia, más se parece a ella.

Allí aparece una de las ideas más perturbadoras de la obra y una de las que en esta puesta se vuelve extraordinaria, radical, brutal y fascinantemente contemporánea: el peligro de terminar convirtiéndonos en aquello que tememos.

El miedo deja entonces de ser un mecanismo de protección: se convierte en una pedagogía, nos enseña a desconfiar, a vigilar, a interpretar, a identificar enemigos, a prepararnos para una agresión que quizás nunca llegue y, finalmente, a ejercer nosotros mismos la violencia que creíamos estar evitando.

Anastasio va recorriendo ese camino delante de los ojos de Carmela, que pareciera luchar contra ese desquicio, y delante y en el centro de los nuestros. Lo que inicialmente podría parecer una excentricidad, una paranoia y hasta un elemento grotesco va adquiriendo progresivamente otra densidad: el hombre amenazado comienza a militarizarse;  el ciudadano que teme al poder reproduce los procedimientos del poder; el perseguido empieza a pensar como perseguidor.

Y entonces este Tercero Incluido de Pavlovsky, a través de la mirada de Jimena Palma y sus actores, deja de hablar solamente de una dictadura para hablar de ese pánico que las sombras del poder, siempre amenazante, nos inoculan: y es entonces cuando aquel 1981 se encuentra brutalmente con este 2026.

En una Argentina y en un mundo donde otra vez la violencia política a partir del elogio de la injusticia; donde la violencia social desampara a los más necesitados; donde una violencia verbal perturba toda posibilidad de encuentro; donde un horror sádico, inimaginable y sin pudor se hace parte de nuestra cotidianeidad; donde las sociedades parecen organizarse alrededor de enemigos reales o imaginarios; donde nuevamente se nos invita a sospechar del otro, a clasificarlo, a convertirlo en amenaza, esta puesta de  Tercero incluido adquiere una actualidad que produce escalofríos. Y con el mérito de no forzar el texto: no le hace falta hacerlo para  darle “actualidad”: esa es otra de las grandezas de esta versión; nos demuestra lo contrario, la permanencia de los admirables  valores de una obra que ofrece a quienes, como en el caso de este equipo, encuentran la mirada precisa para lograr así un trabajo superlativo. 

Hay además un hallazgo extraordinario de la dirección que amplía todavía más el sentido de la obra: por momentos los personajes desaparecen; los escuchamos, pero no los vemos; la acción continúa en algún lugar fuera de nuestra mirada y sobre el escenario quedan apenas sus voces o sus sombras. Y es inevitable pensar entonces en aquellos seres de la caverna de Platón que confunden las sombras con la realidad porque nunca han podido conocer otra cosa. ¿Qué estamos viendo? ¿A Carmela y Anastasio? ¿O las sombras que unas condiciones siniestras proyectan sobre ellos, y sobre nosotros, espectadores que dejamos de serlo para vivenciar junto a los personajes su mismo destino existencial? En otros momentos desaparece incluso toda posibilidad de vida: en un hecho totalmente infrecuente en el teatro todo deja de estar y de ser: no están los personajes, no está la acción, solo queda el escenario vacío, como tierra baldía. Ese vacío resulta tan inquietante porque no funciona como una pausa, sino como una presencia: es la ausencia de un mundo dónde vivir, es aquello que apenas podemos imaginar que quedará cuando el poder termine su trabajo. De este modo las capas de sentido se suman para armar un universo de multiplicidad de posibilidades, en el cual se nos incita a no ser simples convidados, y como público agradecemos esa apelación a nuestra responsabilidad. 

La música y el diseño sonoro participan decisivamente de esa construcción. La música no busca melodía ni consuelo: es repetición, golpe, mecanismo, insistencia; una sonoridad frenética que, precisamente por su modernidad, termina encontrándose con el repiqueteo de las viejas marchas militares, con esa música destinada menos a ser escuchada que a ordenar el avance, a marcar el paso, a empujar las botas hacia adelante. Ese arco sonoro tiene su correspondencia exacta en los cuerpos de Laura D'Antonio y Fausto Guerra. Lo que al comienzo aparece apenas como mecanización crece, se deforma y se militariza hasta que aquellos dos seres parecen haber sido convertidos en títeres de una guerra existe tan afuera como adentro de ellos. La obra nos hace preguntas: ¿Quién es, entonces, ese tercero incluido? ¿El poder cuando abandona sus límites y se convierte en terror? ¿Un vecino? ¿Un extraño? ¿Un enemigo político? ¿Un fantasma de la memoria? ¿Nuestros miedos infantiles? ¿La violencia que imaginamos afuera hasta descubrir que ya está adentro? Puede ser cualquiera, y precisamente por eso nunca termina de irse.

Más de cuatro décadas después de aquella noche del Picadero, esta puesta de Tercero incluido vuelve para recordarnos que el miedo no nos protege de aquello que amenaza con destruirnos y que únicamente nuestra conservando nuestra lucidez y voluntad podremos quedar amparados. La puesta de Jimena Palma comprende esto de manera admirable y lo convierte en lenguaje escénico. Laura D'Antonio y Fausto Guerra lo atraviesan con dos trabajos actorales de enorme precisión física y emocional, capaces de sostener lo grotesco, lo absurdo, lo patético, la angustia y el terror sin convertir nunca a sus personajes en símbolos vacíos.

En suma, el resultado es mucho más que la recuperación de una obra fundamental de Eduardo Pavlovsky. Es la demostración de aquello que solamente ocurre con los grandes autores: alguien vuelve a ponerlos en escena cuarenta y cinco años después y descubrimos, con cierta incomodidad, que no estábamos yendo nosotros a visitar el pasado: era Pavlovsky quien estaba esperándonos en el presente.

 Hay algo inexplicable recorriendo toda la puesta, algo que se va instalando lentamente sin necesidad de ser pronunciado: no conviene revelar hasta dónde llegará esa situación, porque se reserva un final que el espectador descubrirá extasiado, para salir de la función en un estado de gracia intenso, hechizado, y para cumplir así el más antiguo y prodigioso deber del teatro: ser, junto a quienes crearon la obra, también una parte esencial del devenir.

 

Ficha técnico artística

Autoría: Eduardo Tato Pavlovsky

Actúan: Laura D'Antonio, Fausto Guerra

Diseño de vestuario: Julia Moretti

Diseño sonoro: Jimena Palma

Diseño De Iluminación: Ignacio Aldaya

Producción ejecutiva: Verónica Sabán

Dirección: Jimena Palma

Teatro Espíritu Mamut. Warnes 616- CABA

 

 

 

Crítica de espectáculos

— 11 min.
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