¿Qué tanto hemos cambiado como país? Ver Las aulas celestes, la reciente adaptación escénica de Mariana de Althaus de la novela El principio del mundo, de Jeremías Gamboa, invita a plantearnos esta pregunta. La obra presenta el reencuentro de Manuel Flores Amaro y Sabino Zárate, dos amigos que estudiaron juntos en un colegio público de un barrio obrero de Lima y que vuelven a verse después de veinticinco años. A partir de esa conversación, conocemos los recuerdos que comparten, las experiencias que los marcaron y las heridas que todavía existen entre ellos. Aunque la historia transcurre en las décadas de 1980 y 1990, muchos de los problemas que aparecen en escena siguen formando parte de nuestra realidad. Por ello, esta propuesta merece ser vista, porque nos acerca a una parte de la historia del Perú aún irresuelta.
Uno de los aspectos más interesantes de la obra es su estructura narrativa. La historia pasa constantemente del presente al pasado: vemos a Manuel y Sabino conversando en un restaurante y, de pronto, regresamos a sus años escolares. Así conocemos sus experiencias en primaria y secundaria, sus amistades, sus ilusiones y las dificultades que fueron apareciendo en el camino. Estos cambios temporales permiten comprender poco a poco lo que ocurrió entre ellos y por qué el reencuentro no resulta sencillo. Hay muchas cosas que quedaron pendientes y que, después de tantos años, necesitan ser dichas. La conversación se prolonga porque ambos parecen tener todavía mucho que recordar y comprender, mucho que reclamar. De esta manera, el pasado no funciona como un simple conjunto de anécdotas escolares, sino como una parte de sus vidas que continúa condicionando su presente.
Con unas cuantas sillas y algunos instrumentos musicales, los cuatro actores representan distintos personajes y situaciones sin necesidad de más escenografía. En un momento son estudiantes y profesores; en otro, reconstruyen episodios de la vida escolar o forman el coro del colegio. Los cambios se producen con rapidez y exigen una coordinación que mantiene el dinamismo. Esta versatilidad permite que el espectador siga las distintas etapas de la historia sin perder de vista a los protagonistas. Asimismo, el uso de mínimos elementos escénicos demuestra cómo los cuerpos, las voces y los objetos pueden transformar un mismo espacio y darle nuevos sentidos.
La música también ocupa un lugar importante. Los actores cantan, forman un coro y utilizan las canciones para acompañar distintas situaciones de la vida escolar. El humor aparece en escenas que aligeran la representación y acercan los personajes al público, sin que por ello desaparezca la dureza de las experiencias que atraviesan. La combinación de música, comedia y drama contribuye a que la historia no se limite a la exposición de problemas sociales. Los personajes también son jóvenes que se divierten, se enamoran, se equivocan y encuentran motivos para ilusionarse. Esa vitalidad resulta fundamental para comprender el valor que adquiere el coro escolar en sus vidas.
En un colegio donde faltan profesores y las condiciones para aprender son precarias, el coro representa una oportunidad para hacer algo juntos y demostrar sus capacidades. Quien dirige el coro, el profesor Díaz Costa, es uno de los pocos docentes que los anima, que les despierta el interés. Los escolares encuentran en esta actividad un propósito compartido y la esperanza de que sus voces puedan llevarlos más lejos. Sin embargo, esa ilusión se enfrenta a una realidad que no depende únicamente de su talento o su dedicación.
Esto se evidencia cuando deben participar en el concurso del exclusivo colegio Santa Úrsula. El trayecto se convierte en una verdadera odisea: tienen dificultades con el transporte, deben enfrentarse a la intervención de un militar y terminan llegando en condiciones desfavorables. Cuando arriban, descubren un entorno muy distinto al suyo. Los ambientes limpios y ordenados, las instalaciones y los estudiantes que se desenvuelven con una seguridad que les resulta ajena hacen evidente la distancia entre ambas realidades.
La escena permite observar que las desigualdades van mucho más allá de las calificaciones. También se manifiestan en las condiciones en las que se estudia, los recursos disponibles y las oportunidades. Los protagonistas no carecen de entusiasmo ni de capacidad, pero eso no basta. La obra nos lleva a pensar en cuántos estudiantes del país han tenido que esforzarse para conseguir oportunidades que otros reciben con mayor facilidad. También cuestiona esa idea, todavía extendida, de que el éxito depende exclusivamente del esfuerzo individual, como si todos partiéramos desde el mismo lugar.
El racismo constituye otro de los conflictos que atraviesan la historia y que permiten comprender mejor la experiencia de Manuel. Durante una actividad escolar relacionada con la poesía de José Santos Chocano, uno de sus compañeros debe representar al indígena. Es entonces cuando comienzan las burlas y los calificativos despectivos dirigidos contra él. La violencia revela cómo los prejuicios raciales se reproducen en los espacios cotidianos y cómo la escuela también puede convertirse en un escenario de humillación.
Lo significativo es que esta experiencia también lleva a Manuel a cuestionarse sobre sí mismo, sobre su procedencia y sobre aquello que ha aprendido a rechazar. El conflicto adquiere así una dimensión más profunda: el racismo no se manifiesta únicamente en los insultos que una persona recibe, sino en la manera en que construye su propia identidad. Manuel aspira a desenvolverse en otros espacios sociales, pero ese deseo convive con las inseguridades y contradicciones que arrastra desde sus años escolares. Su trayectoria permite comprender que avanzar académicamente o acceder a nuevas oportunidades no equivale a superar automáticamente las experiencias que marcaron nuestra formación.
Es en este punto donde Las aulas celestes adquiere una especial relevancia para mirar el Perú de hoy. La historia nos devuelve a una época marcada por la crisis económica, la violencia política y las dificultades que atravesaban muchas familias. Sin embargo, se revelan vigentes. Las profundas diferencias entre la educación pública y privada, la discriminación por el origen social y racial y la desigualdad en el acceso a oportunidades siguen siendo asuntos pendientes. La obra nos invita a preguntarnos cuánto hemos avanzado en la construcción de una sociedad más justa y cuánto continuamos reproduciendo las mismas formas de exclusión. No se trata de afirmar que nada ha cambiado, sino de reconocer que ciertas heridas siguen abiertas y que comprender su origen es necesario para poder transformarlas.
La relación entre Manuel y Sabino permite que estas preocupaciones sociales encuentren una dimensión íntima. Durante el reencuentro, Sabino confronta a Manuel por haberse marchado y por la distancia que estableció entre ambos. Sus reclamos dejan entrever el resentimiento acumulado durante años y la dificultad de comprender las decisiones del otro. Manuel, por su parte, también tiene asuntos pendientes y necesita revisar su propia historia. El encuentro muestra que alejarse de un lugar no siempre significa dejarlo atrás. Las experiencias de la infancia y la adolescencia pueden acompañarnos durante años, incluso cuando creemos haber construido una vida completamente distinta.
El desenlace de la obra recupera esta preocupación mediante el regreso a una de las representaciones escolares de los protagonistas. Cuando Sabino está a punto de marcharse, vuelve y retoma el diálogo de aquella actuación de su infancia. Este gesto devuelve a ambos a un momento que compartieron antes de que las heridas y los resentimientos marcaran su relación. La escena final no necesita resolver todos los conflictos para adquirir sentido: basta con que los personajes vuelvan a encontrarse, aunque sea por unos instantes, en el recuerdo de aquello que alguna vez los unió. La posibilidad de reconciliación queda abierta, tanto entre los amigos como en la relación que cada uno mantiene con su propia historia.
En conjunto, Las aulas celestes ofrece una propuesta teatral que combina la versatilidad de sus intérpretes, la música, el humor y una historia capaz de vincular las experiencias personales con los problemas sociales del país. Su valor reside en mostrar cómo las desigualdades, los prejuicios y las oportunidades condicionan la vida de las personas, pero también cómo los vínculos construidos a lo largo del tiempo pueden abrir espacios para revisar el pasado. La puesta en escena consigue acercarnos a estos conflictos sin perder de vista la humanidad de sus personajes, con sus contradicciones, sus frustraciones y sus deseos de encontrar un lugar en el mundo.
El público va a encontrarse con una historia de amistad y reencuentro, pero también con la oportunidad de mirar críticamente la sociedad de la que forma parte. El Perú que aparece en escena tiene sus propias circunstancias históricas, aunque muchas de sus contradicciones continúan interpelándonos. Esa vigencia convierte a Las aulas celestes en una obra que merece nuestra atención y una conversación que no debería terminar cuando se cierra el telón.
Ficha artística:
Las aulas celestes es una adaptación teatral de la novela El principio del mundo, de Jeremías Gamboa.
* Dramaturgia y Dirección: Mariana de Althaus
* Directora adjunta: Malú Gil
* Coproducción de la Alianza Francesa de Lima
* Elenco: Daniel Cano, Christopher Rondón Gaona, Verony Centeno, Gabriel Iglesias y Kiara Quispe
* Dirección de arte y movimiento: Mariano Márquez, Lita Baluarte.







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