La percepción perdida
“El mundo es como una misteriosa cáscara.
No se lo puede comprender.
Quien quiera comprenderlo lo perderá”
(Han, 2019:13)
La poética del simbolismo plantea una concepción metafísica del mundo y nos invita a asumir su condición de misterio indescifrable, a partir de la irrupción de lo extracotidiano como alteridad fundante[1]. La imposibilidad de conocerlo implica que el mundo deje de ser predicable, mesurable y percibido como un todo. El sentido de totalidad ya no existe, se fragmenta y la percepción se desgarra mientras las certezas se desvanecen en los reiterados intentos por capturar lo intangible.
El mundo simbolista “implica la recuperación de potencias y saberes humanos perdidos o por desaparecer, el misterio, la magia, la visión, la fascinación por las formas de lo desconocido más allá de los límites de la materia y la razón” (Dubatti, 2020: 152). Para adentrarnos en su universo poético, necesariamente debemos desautomatizar la percepción empírica cotidiana para ir en busca de una percepción perdida, ya que el mundo que registran nuestros sentidos no es la realidad última, sino apenas un reflejo de un ámbito de revelaciones absolutas que permanece oculto.
El teatro simbolista desafía los límites de la percepción invitándonos a recuperar una visión mística, es decir, “una regresión a un estado infantil de consciencia que nos acerca a la realidad más profunda” (Ehrenzweig, 1975: 39). En el capítulo “La falacia del psicólogo en la observación de percepciones inarticuladas” del libro Psicoanálisis de la percepción artística (1975), Ehrenzweig propone abandonar la actitud del sentido común que sólo presta atención a lo obviamente significativo y coherente, en vistas a descubrir lo otro, eso que permanece oscuro, impertinente, accidental. Esta perspectiva puede vincularse con la espontaneidad perceptiva de la niñez que no está sujeta a los condicionamientos del adulto, implica un orden de experiencia anterior a la incorporación del lenguaje y al desarrollo del logos racional, como afirma Merlau-Ponty “el adulto descubre en su propia vida lo que su cultura, la enseñanza, los libros y la tradición le enseñaron a ver” (Merleau-Ponty, 2002: 54).
En las obras Los ciegos (1890) y El pájaro azul (1908) de Maurice Maeterlinck, podemos analizar la figura del niño, del in-fans, del que no habla, en su vínculo con el mundo, revelando dos aspectos centrales del simbolismo basados en los conceptos de alteridad y misterio. Los cimientos de la racionalidad instrumental se tornan frágiles y ya no queda ni un vestigio de verdad absoluta. El ser es arrojado al abismo de lo impensable, al caos de sensaciones intraducibles, reavivando “un conocimiento inmediato cercano al instinto, donde el inconsciente no se confunde nunca con la inteligencia, sino que remite a la intuición como cualidad que poseen, en particular, el místico y el niño” (González Salvador, 2000: 61).
En busca del pájaro azul
Para adentrarnos en el universo de la obra de Maeterlinck, cabe mencionar en principio la diferenciación entre dos conceptos íntimamente relacionados con la poética simbolista: lo profano; esa realidad cotidiana, superficial, meramente accidental; y lo sagrado, aquello que está detrás de la apariencia, a lo cual no tenemos acceso racional sino sólo a través del arte entendido como un espacio de revelaciones.
En El pájaro Azul (1908) encontramos dos tipos de experiencias contrastadas que responden a la díada profano-sagrado. Por un lado, la percepción del in-fans podríamos asociarla al plano de lo sagrado, por otro, la mirada racional profana ofrece un juego de contraste en la construcción de un mundo de apariencias. Los niños trascienden la percepción anclada en el lenguaje verbal y no acceden al mundo por medio de la razón, sino a partir de un orden de experiencia otro, basado en la estimulación, al cual ya no podremos acceder, así como tampoco podremos capturar al pájaro azul.
Sin embargo, como explica Giorgio Agamben (2007), la infancia no necesariamente es algo que precede cronológicamente al lenguaje y que de un momento a otro deja de existir para volcarse al habla, no es un paraíso que abandonamos, sino que coexiste originariamente con el lenguaje. Esa infancia permite fundar un nuevo concepto de experiencia y de lenguaje que no están basados en la razón y en la inteligencia, sino en aquello que subyace bajo unas palabras que no logran decir nunca la verdad.
Para dar el salto metafísico de lo profano a lo sagrado es necesario animalizar el contacto con el mundo en vistas a ingenuizar el vínculo, dado que por medio de la racionalidad obtenemos una visión superficial del mundo que es parcial, sesgada e insignificante. El simbolismo nos invita a relacionarnos a partir de una percepción profunda en la que debemos dar vuelta el diamante y regresar a esa experiencia pura y todavía muda, “una experiencia originaria, aquello que en el hombre está antes que el sujeto, es decir, antes del lenguaje: una experiencia muda en el sentido literal del término, una in-fancia del hombre” (Agamben, 2007: 64).
En El pájaro azul (1908), los niños Tyltyl y Mytyl logran “reencender los ojos extinguidos” (Maeterlinck, 1992: 61) y alcanzar un nivel de realidad más profundo que las engañosas apariencias superficiales a partir de la experimentación de lo sagrado en la manifestación del alma de las cosas en una actitud de permanente asombro ante el mundo, redescubriendo en él lo que siempre estamos tentados a olvidar, cuestionando la familiaridad de nuestra experiencia y aceptando que su razón de ser es la paradoja. En las antípodas de este régimen de percepción, sus padres no pueden comprender mediante una lógica racional lo sucedido y por lo tanto niegan su presunta existencia.
La mirada construye sentido desde la subjetividad y toda percepción altera el tiempo y el espacio. Podemos observar que el contraste entre la experiencia profana y sagrada, acentúa y demarca dos tiempos y espacios diferentes. Por un lado, el plano temporoespacial que es percibido por los padres: sucede todo en una noche, en un espacio cotidiano, familiar, íntimo y privado: el hogar. Esta realidad superficial entra en tensión con un espacio-tiempo otro, sugerido por una lógica diferente, trans-real, percibido por los niños: un año de duración del viaje y distintos lugares fantásticos recorridos (la casa del Hada, el país del Recuerdo, el palacio de la Noche, el bosque, el cementerio, el jardín de los Placeres, el reino del Porvenir).
El simbolismo reclama que el ser humano acepte el misterio como condición inevitable de su existencia. La lógica no alcanza, el mundo sólo puede ser percibido a partir de fragmentos a veces inconexos, pero no siempre el ser humano en su afán de saber asume su ignorancia frente a determinadas cuestiones que exceden su ser racional. El personaje de La noche en un diálogo con La Gata durante el Acto Tercero dice:
“Desde hace algunos años ya no comprendo al Hombre… ¿A dónde quiere llegar? ¿Acaso es preciso que lo sepa todo? Ha sorprendido la tercera parte de mis misterios… todos mis Terrores tienen miedo y ya no se atreven a salir, mis Fantasmas se hallan en fuga, la mayor parte de mis Enfermedades no tienen salud”
(Maeterlinck, 1992:30)
El hombre es una amenaza por su capacidad de destrucción del misterio, no sólo ignora lo esencial sino que pretende explicarlo a partir de recursos que no son válidos. Sin embargo, el símbolo que opera como remisión ineluctable al misterio, afirma la imposibilidad de ser revelado de manera unívoca. Si “el sentido común anula precisamente "los sentidos"” (Spregeldburg, 2007), en este caso los sentidos posibles exponen la debilidad del sentido común.
La afirmación es siempre desmentida, sospechada, y el sentido es efímero, nunca se instala puesto que el símbolo siempre se escapa. Fascinados por el lado oculto de lo visible, por el misterio indescifrable, la sugestión alude a lo inefable a partir de un significado indefinido y en fuga. Emprendemos un viaje en vistas a atrapar al pájaro azul, que al igual que en el final de la obra siempre se escapa. Sin embargo, pese a desconocer su significado, el encuentro postergado con el símbolo es recurrencia y la necesidad de atraparlo es urgencia, como afirma Tyltyl: “Si alguno lo encontrara de nuevo ¿Querría devolvérmelo? Necesitamos de él para ser felices más tarde” (Maeterlinck, 1992:83).
Ver lo invisible escuchando el silencio
Los ciegos (1890) es una obra más agresiva y radical en su formulación simbolista que El pájaro azul (1908). El nombre ya expone que el símbolo no está en fuga ni se escapa, como el pájaro azul, sino que directamente se vuelve inaccesible. Somos ciegos frente a la verdad que nos acecha, en palabras del propio Maeterlinck: “nuestra razón permanece con los ojos abiertos en las tinieblas, es decir, en la ignorancia infinita; en esa oscuridad, se nos oculta y esconde el esplendor sin límites, ya que la llegada de su inmensidad ciega nuestra razón” (González Salvador, 2000:56).
La ceguera unifica las características de los personajes universalizándolos, ni siquiera poseen un nombre que los individualice; todos son ciegos y se diferencian sólo por la edad, el número o su estado mental. Los doce ciegos habitan ese espacio claustrofóbico, paradójicamente encerrados en un lugar abierto, en compañía de un bebé. Nuevamente es la presencia del niño la que produce una alteración posicionándose como poseedor de una visión mística el mundo. La imagen que se configura en la obra muestra a un niño que es el único que ve, en contraposición a los ciegos incapacitados de visión alguna. A diferencia de los adultos en El pájaro azul (1908) que tenían una visión profana del mundo, en este caso la visión es nula e imposible.
La obra de Maeterlinck expresa un concepto de percepción situada, es decir, relacionada y condicionada por su vínculo indisoluble con el lenguaje. En Los ciegos (1890) se enfatiza la figura del in-fans, de la niñez como una instancia previa a la configuración del lenguaje y, por ende, a la limitación perceptiva inherente a todo ser racional. Un bebé que ve, pero no habla, y su contracara plasmada en el grupo de ciegos que hablan, pero no ven, representa una figura metafórica que expresa la inutilidad del decir a la hora de relacionarnos con el mundo, que transforma en apariencia lo existente, en profano lo sagrado. En la obra predominan los puntos suspensivos, las preguntas sin respuesta, las frases inconclusas, se sugiere una presencia invisible, más allá de lo dicho que cuestiona el torpe deambular por el lenguaje humano. Lo importante es la multiplicación del sentido, el atentado lingüístico, la huida del lenguaje, el misterio que existe por debajo de la red racional que intenta sosegarlo. El simbolismo en la obra de Maeterlinck expresa ese fracaso, esa parálisis del verbo frente a lo impronunciable del mundo.
El problema de la experiencia se topa fatalmente con el problema del lenguaje. La razón es lengua, logos, y la constitución del sujeto en el lenguaje es precisamente la expropiación de esa experiencia muda, originaria. Lo inefable es la infancia, es el misterio que atraviesa la existencia del hombre. La fenomenología plantea que el mundo está ahí antes de cualquier reflexión que el sujeto pueda hacer de él. Esto atribuye un valor negativo a las estructuras racionales del pensamiento y sugiere un redescubrimiento del mundo a partir de la estimulación, en oposición a lo discursivo. El in-fans que ve, pero no habla, no priva de autenticidad su percepción imprimiéndole un aspecto verbal que es externo a la experiencia en sí. Se mantiene en las profundidades caóticas de sus sensaciones, en el desorden indómito que demuestra que, como afirma Harold Pinter, “cuanto más aguda es la experiencia, menos articulada la expresión” (Innes, 1995: 29).
La poética simbolista insinúa la necesaria disponibilidad por parte del lector-espectador al misterio, la afirmación de la incertidumbre y la concepción del enigma en tanto indescifrable. Dicha mirada está plasmada en la totalidad de la obra y agudizada en el final. Los ciegos están inmersos en el bosque y empiezan a oír pasos y ruidos de un personaje ausente que encarna el enigma no resuelto. La única respuesta ante el misterio por parte del grupo es el silencio, mientras el bebé llora, ninguna respuesta racional y articulada es posible. Ese silencio expresa la experiencia mistérica, entraña un no saber, un padecer. Frente a lo desconocido “estaba en esencia excluido el lenguaje, era un no-poder-decir, un musitar con la boca cerrada, entonces esa experiencia era bastante cercana a una experiencia de la infancia del hombre” (Agamben, 2007: 89).
El final de la pieza es abierto y cuestiona directamente al lector-espectador, que en su anhelo de saber debe asumir su ignorancia, enfrentarse al silencio de lo desconocido donde las palabras huyen y el logos se marchita, donde sólo quedan ojos que quizás miran, pero no ven, donde el deseo de conocer es inútil y la ceguera una condición necesaria de la existencia. El único lenguaje posible es “indirecto, alusivo, o si se quiere, silencio” (Merleau-Ponty, 1970: 67). Ver lo invisible escuchando el silencio. De eso se trata.
Conclusión
“El pensamiento adulto, normal, civilizado vale más que el infantil,
mórbido o bárbaro, pero con una condición,
y es que no se considere como pensamiento de derecho divino,
que se mida cada vez más honestamente con las oscuridades
y dificultades de la vida humana,
que no pierda el contacto con las raíces irracionales de esta vida
y que, por último, la razón reconozca que también su mundo está inconcluso,
que no finja haber superado lo que se limitó a ocultar”
(Merleau Ponty, 2002: 40)
A partir de algunos ejes de la poética simbolista como son el misterio, la alteridad, lo profano y lo sagrado, trazamos un recorrido a través de dos obras de Maurice Maeterlinck: El pájaro azul (1908) y Los ciegos (1890). En ellas aparece el niño como condensación de la condición metafísica del simbolismo: una percepción mística del mundo, una mirada caótica, irracional, ingenua, para lo cual es necesario abandonar los dictámenes del sentido común, para poder ver aquellas cosas que “al darse por sabidas pasan desapercibidas y para despertarlas y hacerlas aparecer debemos por un instante olvidarlas” (Merlau-Ponty, 1993: 13).
Entre la percepción y el lenguaje, la presencia del in-fans, del que no habla, representa una instancia previa a la percepción discursiva del adulto. La propuesta del autor es recuperar esa visión mística del mundo, en palabras de Giorgio Agamben (2007), una infancia del hombre. El silencio es el único reducto de verdad frente a la ceguera del individuo cuando lo dicho no alcanza, las palabras fracasan en el intento desesperado de dotar de sentido el caos, las incertidumbres crecen y el asombro frente al misterio invisible (y no por eso menos perceptible) anula el entendimiento: somos ciegos inmersos en un mundo hostil, esperando que lo absoluto venga a rescatarnos. Pero el cura yace muerto entre los ciegos y ellos no ven porque no se han dispuesto a ver que, como afirmaba Nietzsche (2010), Dios ha muerto, los absolutos no existen y tampoco existe la objetividad que garantice fundamento a la existencia. El simbolismo es una invitación a perdernos en la inocencia del devenir. Sin sentido común, ni certezas, olvidando el lenguaje que una vez aprendimos, en la inocencia de la percepción.
Bibliografía
Agamben, G. (2007) Infancia e historia, Buenos Aires: Adriana Hidalgo
Dubatti, J. (2020) Concepciones de teatro: Poéticas teatrales y bases epistemológicas, Buenos Aires: Colihue
Ehrenzweig, A. (1975) Psicoanálisis de la percepción artística, Barcelona: Gustavo Gill
González Salvador, A. (2000) Maurice Maeterlinck: La intrusa, Los ciegos, Pelléas y Mélisande, El pájaro azul, Madrid: Cátedra
Han, Byung-Chul (2019) Loa a la tierra: un viaje al jardín, Barcelona: Herder
Innes, C. (1995) El teatro sagrado. El ritual y la vanguardia; México DF: FCE
Materlinck, M. (1992) El pájaro azul, Buenos Aires: Porrúa
____ (1970) Signos, Barcelona: Seix Barral
____ (1993) Fenomenología de la percepción, Barcelona: Planeta-Agostini
____ (2009) Los ciegos, Madrid: Cátedra
Nietzsche, F. (2006) Así habló Zaratustra, Madrid: Valdemar
Spregelburd, R. (2007) Entrevista a Rafael Spregelburd en Revista ñ, Diario Clarín, Buenos Aires, sábado 12 de mayo
[1] Ver Dubatti, J. (2020) Concepciones de teatro: Poéticas teatrales y bases epistemológicas, Buenos Aires: Colihue
