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Espectáculos > Vagamundos (2017)

Notas y críticas

Todos los caminos conducen al actor

La Nación | Carlos Pachecho | 14/07/2017

Creador decisivo de la escena independiente, Carlos Ianni pone en discusión las difíciles condiciones de la producción teatral y busca revalorizar el valor de la palabra; con Vagamundos reflexiona sobre la cultura hippie

Es un activo buscador de nuevos textos dramáticos. Lleva a escena aquellos que más lo inquietan. Incluye otros en la biblioteca virtual del Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (Celcit), institución de la cual es su director. A Carlos Ianni le siguen apasionando las historias y, sobre todo, otorgarle a la palabra un lugar preponderante dentro del teatro.

No siempre fue así. Formado en artes visuales, codirigió sus primeras producciones escénicas con el destacado artista plástico Guillermo Kuitca. El creador recuerda que esos proyectos eran sumamente experimentales, que ambos intentaban poner pinturas en movimiento y para ello utilizaban actores o bailarines. Ese proceso de búsqueda culminó y él ingresó en una crisis creativa de la que le costó salir.

"Por suerte esa etapa coincidió con la creación del Celcit y ése fue y sigue siendo un espacio de trabajo muy placentero -aclara-. Estuve siete años distanciado de la dirección. Cuando volví lo hice con una preocupación, con una mirada muy atenta en el trabajo del actor sobre el escenario."

Si bien su producción está muy ligada con autores iberoamericanos (Monogamia, de Marco Antonio de la Parra; Cita a ciegas, de Mario Diament; Antígona, de José Watanabe; Riñón de cerdo para el desconsuelo, de Alejandro Ricaño, entre otras) no dejó de lado a creadores de otras nacionalidades. Es muy recordada su puesta de Minetti, de Thomas Bernhard, protagonizada por Juan Carlos Gené.

Actualmente está presentando en el Celcit Vagamundos, de la española Blanca Doménech. Su encuentro con la autora fue muy especial. Ianni leyó un artículo que ella había publicado en la revista Primer Acto, posteó una frase en Facebook y la escritora se lo agradeció. Comenzó una relación entre ellos que llevó a que Doménech le envíe sus obras. Así se produjo el estreno de Vagamundos, que está interpretada por Enrique Cabaud, Teresita Galimany, Mario Mahler, Juan Olmos y Magalí Sánchez Alleno.

Es muy atractiva la anécdota que llevó a la dramaturga a producir su texto. Cuando era muy joven llegó a Menorca y se encontró con un grupo de habitantes que se había instalado en la isla en tiempos del hippismo. Ellos habían generado un tipo de habitat muy particular. Como si hubieran necesitado aislarse del mundo real para dar forma a una sociedad que contuviera sus verdaderos anhelos. "Esa es una de las puntas interesantes que tiene la obra -aclara el director-. Hay un personaje que llega a esta isla con todo el bagaje cultural que tenemos, con toda esta idiosincrasia capitalista donde pretendemos resolver todos los problemas con dinero y se encuentra con gente que tiene otra forma de concebir el mundo. Lo interesante es ese contraste."

Una historia que, sin dudas, al creador no le resultó muy difícil de reconocer. Estuvo ligado a aquellos principios generacionalmente. "Sin duda me resonaba mucho -dice-. La autora tiene cuarenta años y escribió esta pieza hace ocho. Obviamente ella conoció Menorca y a esa generación de hippies pero que ya, a esas alturas, tenían poco de eso. Nosotros mamamos esa época. Si bien creo que en la Argentina nos llegaron cosas como el flower power, la ropa de colores, el pelo largo, la barba, esta voluntad de cambiar el mundo estaba muy emparentada también con la lucha política de esos años. Fuimos una generación que creímos que podíamos cambiar el mundo. Después nos la dieron por la cabeza. Para mí este texto tenía muchos puntos de contacto. Sabía de que hablaba, no debía documentarme."

-Explicabas que cuando decidiste volver a dirigir lo hiciste con la intensión de hacer foco en la actuación. ¿Qué cualidades ves hoy en los actores locales?

-En los años 60 el centro del trabajo del actor estuvo puesto en la experimentación de las emociones genuinas. Esto relegó lo que era una característica en las generaciones anteriores: el tratamiento de la palabra. En las generaciones más jóvenes está mucho más agravado. De los años 80 a esta parte hay una revalorización del trabajo del cuerpo y los intérpretes hoy están muy entrenados corporalmente. Lo que nos queda es volver a hacerlos portadores de la palabra.

-¿Crees que el medio actualmente contribuye a valorizar las capacidades de un actor?

-Siempre se habla de la vitalidad del teatro de Buenos Aires, su calidad, la cantidad de salas. Me preocupa esta brutal reducción que se ha hecho al condenar a los espectáculos a hacer una función por semana. Yo conocí aquel teatro independiente que hacía cinco o siete funciones semanales. Este fenómeno, al que creo que nadie le presta demasiada atención, está atentando contra un patrimonio intangible como lo es la calidad de los actores. Ellos se la rebuscan bastante bien. Hacen más de una obra por semana. La verdad es que no hay rentabilidad posible para un espectáculo que hace sólo una función. Hoy tenemos una producción superior a la capacidad de distribución que tienen las salas. Las temporadas se achican. En una sala conviven entre cinco y siete trabajos. ¿Qué aspectos podés investigar en tu labor como actor haciendo una función semanal? ¿Qué investigación interesante podes realizar espacialmente cuando las escenografías tienen que desarmarse en diez o quince minutos y, a veces, no tenés donde guardarlas? También se da una realidad interesante, los actores no quieren hacer másde una función y los asustan las salas grandes. En la década del 80 yo regenteaba primero la sala Planeta, que tenía 250 localidades, y como me quedó chica tomé el teatro Margarita Xirgu, con 500 butacas. Los grupos, por ejemplo, vienen al Celcit y cuando les explicamos que entran 92 espectadores dicen que es un espacio grande. Ciertas encuestas dan cuenta de que hoy tenemos la misma cantidad de público que hace 30 años, cuando sólo había 50 salas. También se dice que ese público hizo o hace teatro. Se habla de un público endogámico. Todos estos aspectos me resultan muy preocupantes.

 

Vagamundos

www.nuriagomezbelart.com | Nuria Gómez Belart | 09/07/2017

La búsqueda de la propia identidad es una de las aventuras más intrigantes del viaje de la vida.
Inspirada en una experiencia personal, Vagamundos, de Blanca Doménech, cuenta la historia de un hombre que llega a una isla donde la gente vive desprendida de aquellas cosas que nos vuelven tecnodependientes. Un mundo aislado y perdido en el mapa, sin celulares ni Internet, sin electricidad, sin prisa, en el que solo cabe ocuparse de resolver los verdaderos enigmas existenciales.
Creada con tonos surrealistas con la inteligente dirección de Carlos Ianni, la trama se desarrolla en un «no lugar» donde el protagonista conoce a un grupo de personas que eligieron reencontrarse con la naturaleza libre de cualquier forma de contaminación. Inmóvil en apariencia ante la belleza circundante, los habitantes de la isla ofrecen respuesta a la pregunta latente que no se formuló.  
Este mundo invisible pero necesario propone una reflexión sobre la forma en que vivimos  e indaga sobre el modo en que organizamos nuestras prioridades en la conciencia y cómo llevamos esa jerarquía a la práctica. La obra expone, con una preciosa metáfora, la discordancia entre el mundo mejor en el que nos gustaría vivir y la realidad con la que nos enfrentamos, día tras día, sin grandes cambios a pesar de todo.
Vagamundos es, ante todo, una experiencia existencial que invita a pensar en quiénes somos y qué hacemos, y, de ser posible, contrastarlo con aquello que vemos ante el espejo de nuestra conciencia, en la más grande de las aventuras.

 

Sobre las cosas que jamás nos atrevimos a decir

artistasdelespacio.blogspot.com.ar | Luis Federico Cisneros | 04/06/2017

Jacinta fue siempre un misterio, pero a la vez, la sola imagen de su presencia —bajo la luz claroscura del umbral— logró despertar intriga entre los transeúntes urbanos, amantes del teatro, entre otros lectores y navegantes de este mundo. Gracias a la buena acogida que tuvo durante su estreno en Setiembre de 2016, la obra del dramaturgo Arístides Vargas vuelve por segunda temporada a los escenarios del CELCIT. Un encuentro exquisito para rescatarnos del olvido.
Una gama muy variada de historias se entrelazan en el transcurso de estos 65 minutos. Como piezas inequívocas de un mismo laberinto, transportándonos a otras épocas con atmósferas que giran y cambian de color, de aromas y de voces, pero que mantienen vivo el suspenso por los relatos de una abuela narradora que profundiza en los secretos que aún habitan en su memoria. Desde esos territorios familiares irán emergiendo personajes despojados que se enfrentan al dolor del abandono, a la vida sin sentido cuando no hacemos más que resignarnos a la infelicidad, o a vivir bajo la sombra de las cosas que callamos para siempre.
A través de pasajes reinventados, los viajes imaginarios entre el presente y el pasado suceden constantemente en la imaginación de una anciana que convive con su nieta y los fragmentos sobrevivientes de los años. Son justamente esos recuerdos los que iluminan sus miradas; pasajes surrealistas que dan vida a los relatos, inmersos en asuntos de familias resquebrajadas, relaciones humanas que en algún instante se acabaron —ante la partida y las ausencias— o que inevitablemente se perdieron en el humo de la distancia. La soledad, las injusticias de la vida o de la época, los roles, las jerarquías, los sentimientos reprimidos, las palabras que se fueron porque nadie las nombró, todo se fusiona en el universo de lo narrado.
Las metáforas del fluir con los procesos de la vida, los personajes fronterizos, afantasmados, reaparecen o se reinventan desde la ficción para volver a esos momentos que se escaparon de sus manos, para recorrer los escenarios de los libros usados, las memorias de Lázaro, las fiestas de los hombres militares y todos esos otros pequeños acontecimientos que enriquecen las tramas y revelan las herencias. Una telaraña enlazadora de mundos que se comenzó a tejer desde los reinos internos de la dramaturgia de Arístides Vargas.
Poco a poco las miradas, los bailes, las situaciones de pobreza, los golpes del mal tiempo, las peleas, la desolación y las risas de los corazones exiliados irán fabricando profundas reflexiones en la conciencia de los presentes. Y será ahí, en esos momentos de magia y de silencio, donde la memoria vuelva a cobrar vida para enfrentar las cosas que jamás se hicieron, y nombrar los nombres y los sentimientos, y revivir las voces —o los gestos— de aquellos que alguna vez se amaron en secreto.

 

 

Vagamundos de Blanca Doménech: Secreto y transparencia del espejo

Hilda Cabrera | Hilda Cabrera | 12/05/2017

Un náufrago de traje y corbata recala en una isla donde subyace una historia de veraneantes de  buen vivir que anhelan por corto tiempo fundirse en la naturaleza. El hombre desembarca de una mísera barcaza, fuera de temporada y en época de tormentas.  En ese paraje poblado de sombras antes que de personas no existen elementos que permitan comunicarse con el exterior. Situación que desconcierta al forastero y dispara preguntas en el espectador de Vagamundos, creación de la dramaturga y docente española Blanca Doménech, y Premio Calderón de la Barca 2009, que se presenta en el Teatro Celcit (Moreno 431),  dirigida por Carlos Ianni. La puesta, abreviada respecto del texto original,  publicado en 2010, en Madrid, potencia las reacciones de Max,  náufrago rebelde ante el áspero recibimiento de los habitantes del único hotel  de la isla. Dos personajes que le imponen códigos y limitaciones, especialmente Diana, quien también sabrá responder con evasivas, como Oliver. Sin salida y entre dudas, el forastero se preguntará si sólo serán dos los pobladores ya que oirá pasos en las habitaciones “inhabilitadas”. ¿Será una “representación” mental del atribulado Max? ¿Una amenaza tan ingobernable como la tormenta que hace marco a esta historia?  Crear situaciones que anuden “inquietud y misterio” es una de las aspiraciones de Doménech, equiparable a su deseo de “ofrecer pistas para que cada espectador reconstruya su propia historia”. La versión vista en el Celcit difiere en algunos puntos del texto original, pero “el propósito no ha sido modificado” –observa la autora en esta entrevista-.  “Vagamundos  se puede interpretar de muchas maneras –subraya-, pero la intención es la misma: no contar algo concreto al espectador, sino sacarle de su forma habitual de pensar, y llevarle, como en un viaje, a otra forma de pensamiento y a preguntarse quién es realmente.” 

 

--Todo un tema para un protagonista como Max, atado a reglas…

--Max es el típico hombre rico que tiene lo que desea pero carece del contacto con lo que es. Fuera de esa isla creía controlarlo todo, y ahí, entre tantas carencias, debe enfrentar una nueva situación. La obra pretende mostrar el proceso interior de una persona que se busca a sí misma. 

--¿Por eso eligió la rusticidad de una isla sin contacto con el exterior?

--Aunque mi experiencia no ha sido la del personaje, creo que en parte me basé en lo que sentí cuando pasé una temporada en un lugar donde el sistema que rige en las ciudades no tenía razón de ser. Los mecanismos de poder que manejan personas parecidas a este Max, allí no funcionaban. Era y es el mundo anti-sistema.  Es también la etapa que viví en la isla de Menorca  (islas Baleares),  donde se habían instalado comunidades hippies, de las que había mucho menos  cuando llegué. Quedaban, sí, personas que repudiaban a las sociedades que van detrás del dinero y de otras formas de poder.  Quise llevar a Max, prototipo del capitalismo actual, a un lugar donde su forma de comportarse perdiera sentido y se viera obligado a encontrar herramientas nuevas.

--¿Cómo lo definiría?

--Como alguien en guerra consigo mismo, obsesionado por la pérdida de un hermano o de dos. No lo sabemos. Es un trauma que ni él comprende.  

--En la obra se dice que no somos personas sino influencias. ¿Actuamos influidos por otros? 

--Exacto. Es cuando perdemos identidad y nos creamos una imagen a partir de lo que otros piensan.  

--Imagen que a veces se “fabrica” para obtener algún rédito. 

--Ahí está la clave. Y quizás sea la falta de búsqueda de uno mismo la que trae una primera complicación: cerrarse al entendimiento, no comprender dónde nos encontramos y finalmente sentir el vacío.   

--Limitación que comparte otro personaje al decir que “es imposible encontrar aquello que no quiere develarse”.

--Es que sabemos poco de la vida y de nosotros. Preferimos el misterio aunque nos produzca angustia, de la que escapamos acudiendo a superficialidades. 
 
--En el texto y no en la puesta, Vagamundos se acerca más a la literatura que a la escena. ¿Es intencional?  

--No hubiera podido escribir esta obra así como está si hubiera partido de acciones concretas, o sea directamente de la escena.  He leído y leo mucho y mis referencias no son siempre conscientes. El texto mantiene el espíritu de la literatura, y en ese aspecto es un reto para el director.  

--¿A qué se debe su interés por la neurociencia en el teatro?

--Parte del deseo de saber qué es “ser humano”.  Siendo niña, de apenas diez años, me despertaba sonámbula por la noche. Una vez,  salí a la calle a las tres de la mañana, sola y con frío. Cuando desperté en mi habitación supe qué había hecho, también porque me lo contaron. A raíz de ese sonambulismo, desde pequeña me preguntaba quién soy. ¿Cómo era posible que algo de mí no tuviera ningún control? Para un adulto tiene y tenía explicación, pero no la tenía para una niña de esa edad.  Ese sonambulismo me horrorizaba. Quizás entonces se gestó en mí este deseo de saber qué somos y esta percepción de que existen zonas oscuras que se nos escapan.

--¿Eso es lo que experimenta Max cuando siente que su cabeza va a explotar?

--Le sucede a este personaje y a cualquiera que sin conocimiento de sí mismo le quiten su zona de confort. La situación lo desestabiliza y es difícil que de ahí nazca una nueva personalidad, aun cuando creo  que si llegara a nacer esa otra personalidad lo que suceda será inabarcable.   
 
--¿A qué se debe la obsesión de los personajes por el espejo y la creación del taller Nudo de espejos?  
Ese título lo he puesto por el poema de André Breton, fundador y teórico del surrealismo.  En ese taller la propuesta es la de un viaje al interior del entramado dramático desde una concepción inconsciente. El espejo es en la obra un elemento que dentro de la búsqueda de la identidad forma parte del juego teatral. Es extraño. Cuando escribí la obra me miraba mucho en el espejo y no sabía quién era. De hecho, a veces me asustaba. 

--¿De su mirada?

--Sí, por eso nos cuesta mirarnos. Y de esto va también Vagamundos; de mirar directamente a las personas y las cosas. 

--¿La mirada no miente?

--Puede que no mienta,  pero tampoco lo sabemos… La mirada es la entrada al cerebro. 

--Y la “entrada” al espejo es el inicio de un cuento…

--Creo que los niños tienen más contacto con ellos mismos que muchas personas adultas. Conectan rápidamente con la imaginación, recrean historias, juegan… Todo eso que en el adulto se va deshaciendo. No sucede con todos los personajes de Vagamundos, pero en Max hay algo de niño. Recurre a la memoria de sus hermanos que es como volver a la infancia. Así lo he sentido. No quiero dar explicaciones sobre la obra, pero ese recuerdo y su búsqueda - como dice Diana- asfixia todo cuanto le rodea.  El ve a sus hermanos en todas partes… Esta puesta  en el Celcit sintetiza la obra  y tiene clara referencia a lo que pretendo: descubrir visiones diferentes. Es muy interesante lo que han hecho Carlos Ianni y el elenco, porque invita a que cada uno haga su propio viaje y pueda salir de una forma lineal de pensamiento. 
Vagabundos puede verse como un relato fantástico pero he trabajado en otras ramas, en teatro científico y político, sobre todo en temas vinculados a reformas sociales. A través de la investigación en neurociencia he escrito Hydra documentándome con el neurobiólogo español Rafael Yuste, que vive desde hace muchos años en Nueva York y es director del laboratorio de Neurotecnología de la Universidad de Columbia. En los últimos dos años he escrito textos experimentales. En este momento, la  dramaturgia está dispuesta a investigar cómo funciona científicamente la reflexión, la memoria y la creatividad. 

 

Vagamundos

La mirada circular | Juan Carlos Fontana | 08/05/2017

Calificación: Muy buena

Una sugestiva observación a la existencia es lo que propone “Vagamundos”, dirigida por Carlos Ianni, en el Celcit.

Un hombre va en busca de su hermano a una solitaria isla en algún lugar del Pacífico o no se sabe dónde. Allí, luego de una larga e inhóspita travesía llega a un hábitat, conocido como “refugio”, en el que lo reciben un hombre y una mujer no demasiado sociables a simple vista. El forastero les dice que busca a un hombre al que hace diez años no ve: es su hermano. 

Sobre esta idea de la búsqueda de un hermano de lazo sanguíneo, un par o un “otro” que tal vez el forastero necesita ver, escuchar, tocar, abrazar, o encontrar, la española Blanca Doménech (premio Calderón de la Barca) elabora un entramado dramatúrgico en su pieza “Vagamundos”, en la que ahonda, no sin imperfecciones, en lo que ella define como técnicas de surrealismo: “un concepto planteado desde la propia construcción de la historia: un viaje sin ruta prefijada, en el que la escritura se convierte en un dictado del pensamiento con la mínima intervención posible de la razón. Un ejercicio de confianza en la propia historia y en los recursos que manejas como autor, dejando que se activen desde un lado más intuitivo e irracional”. De este modo, agrega: “los elementos más dispares convergen imprevisiblemente y la escritura adquiere múltiples significados”.

Doménech explica lo transcripto más arriba en su página –contextotextual.es- y para agregar un dato más ella misma señala que estudió con los reconocidos Juan Mayorga, José Sanchís Sinisterra, Jorge Galcerán y Ernesto Caballero.

SUTIL SUBTEXTO

Lo cierto es que su pieza parece buscar más una cercanía al cine que al teatro, pero el director Carlos Ianni logró moldear, darle forma a ese texto que por instantes roza el drama, la confrontación áspera entre los personajes, y, por otros, se somete a unas leyes dramáticas a las que el teatro no está demasiado acostumbrado. Es decir va la búsqueda misteriosa de lo fantástico y es en ese sutil subtexto, en el que la autora exige una intervención del imaginario del espectador, para completar lo que ella no dijo, o no quiso decir y el director de la pieza, tampoco quiso explicitar. Esta decisión obliga al espectador a zambullirse en su propio bagaje cultural y decir por ejemplo: que la obra trata de algo misterioso, inexplicable que une a sus personajes. U otros podrán pensar que ese hombre de ciudad que llega a una isla con traje y corbata, va en busca de un hermano desaparecido hace diez años y que quizás el buscado es un individuo que huyó de algo o de alguien. O qué simplemente decidió alejarse de la sociedad de consumo, apelando a las premisas sesentistas del hippismo o el new age, para reencontrarse con su propia esencia como individuo. Todo es válido y de eso se vale la dramaturgia para invitar a repensar, repensarnos y exigirnos ser espectadores activos de una historia que como un friso se muestra ante nuestros ojos.

JUEGO DE ESPEJOS

Tal vez por esto último, que lo fantástico o fantasmagórico asoma a través del simple reflejo en un supuesto espejo, que el individuo al observarse va intentando descifrar quién es, qué lugar ocupa en este mundo, quizás, o cuán sincero es consigo mismo. En fin… los interrogantes que se abren son demasiados y quedan a la elección de quién vea esta pieza que transmite un magnetismo extraño, que por momentos molesta al que observa en su afán de indefiniciones, pero qué, precisamente, obliga a repensarnos un presente indescifrable, misterioso, tanto, tal vez, como la vida misma.

Pero a no desesperar porque algunos de esos interrogantes se darán a conocer a través de un final tan desconcertante, como fascinante a la vez.

Carlos Ianni desde la dirección supo guiar a sus actores por las arenas movedizas de un accionar en el que no se intenta explicar nada, sino ir descubriendo con los mismos personajes las propias inquietudes e interrogantes que los afligen. Acá hay matices, hay voces que se sinceran, se pierden en la vastedad de lo quieren intentar descifrar, pero hay en especial un equipo actoral que responde al unísono a un universo tan existencial, como efímero y cambiante. Porque así tal vez es el ser humano.

Teresita Galimany, Mario Mahler, Juan Olmos, Enrique Cabaud y Magalí Sánchez Alleno, se apropiaron de sus papeles como si cada uno respondiera a una nota musical, lo que permitió que cada uno entrara en sintonía con el otro, en el momento justo, preciso, que la puesta en escena así lo requería.

Alejandro Mateo desde la escenografía y el vestuario creó una ambientación más bien onírica, sugerente y sugestiva a la vez, que fue muy bien acompañada por la iluminación de Soledad Ianni.

 

 

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