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Notas y críticas

Ciclo Biorrelatos

https://www.nuriagomezbelart.com/ | Nuria Gómez Belart | 01/06/2017

Las tragedias de la vida implican múltiples consecuencias, y cuando existe un corazón bien dispuesto, todo sufrimiento puede transformarse en el impulso de la creación artística. En un ciclo de biorrelatos creado por Ana Padovani, grandes figuras del Teatro y la Literatura son los protagonistas de una aventura que no escribieron.
Padovani define «biorrelatos» la forma particular de contar la vida de un artista y aquellos aspectos de su trayectoria que lo hicieron brillar en el transcurrir de la historia. Niní Marshall, Roberto Arlt, Alfonsina Storni y tantos otros son reflejo del pasado y han dejado su arte como legado de una cultura. El ciclo de biorrelatos, en un movimiento pendular entre la realidad y la ficción, busca recrear la historia de vida y darle un sentido actual a aquello que marcaron sus huellas.
La escena no necesita más que unos pocos elementos para recrear el pasado en el que vivieron estos artistas. Ellos vuelven a la vida a través de las palabras de Ana Padovani, quien abre la puerta a la vida íntima de cada uno de ellos.
Durante los últimos meses, en encuentros diferentes, la vida de Horacio Quiroga y de Alfonsina Storni han sido rememoradas, así como sus producciones. Se dice que hubo un vínculo muy particular entre ellos, y quizá, esa haya sido la razón por la cual aparecieron ambos durante el mismo mes, pero de esa relación poco se sabe y todo se supone.
Horacio Quiroga fue, ante todo, un habilidoso. La vida lo marcó a través de la muerte. Vio partir a muchos seres queridos: amigos, familiares, su esposa… En algunos casos fue responsable de esas pérdidas, y aun así, las tragedias lo llevaron a vivir con intensidad cada momento. La exuberancia de la selva misionera lo cautivó y fue la razón por la cual se trasladó a Misiones.
La selva lo transformó en un hombre intenso. Aunque no era atractivo ni galante, había algo en él que producía fascinación, sobre todo en las mujeres más jóvenes, y en muchos casos esa fascinación era correspondida, pero la rigidez de su comportamiento hacía que las relaciones de pareja y de familia fueran difíciles de llevar adelante, sobre todo, para los otros.
Aunque uno quisiera escuchar miles por siempre los cuentos de Horacio Quiroga, Ana Padovani, relata algunos como para ilustrar la belleza cruel de su escritura.
Por su parte, Alfonsina Storni es presentada como una mujer que después de mucho esfuerzo personal, consiguió aquello que muchas buscaban: la libertad. Storni se destacó por su modo particular de superar los prejuicios de la época y el modo en que pudo disponer de su destino. Como Quiroga, se dedicó, en parte, a la docencia, pero su legado perdura en su poesía y en sus escritos periodísticos en los que ponía en evidencia y cuestionaba los vicios de esa sociedad tan patriarcal como pacata.
Cuando Padovani relata las vidas de estas grandes figuras, ante todo, expone que el artista no es solo su obra escrita. Las palabras cuidadosamente elegidas, el ritmo de las frases, la temática de cada obra son el modo en que trasciende no solo un escritor, sino un ser humano que transitó experiencias, saberes y emociones. Por eso, su nombre y su estampa merecen ser rememorados por su pluma, aquella que le dio a nuestra cultura el sello tan particular que nos define.

 

Ana Padovani. Vidas que tejen historias

Hilda Cabrera | Hilda Cabrera | 04/05/2017

La pasión y la actitud detectivesca de la narradora oral Ana Padovani, actriz, psicóloga, música y autora de textos sobre el saber narrativo,  convergen en  Horacio Quiroga, selva, ficción y tragedia,  biorrelato de su creación que se ofrece en el Teatro  Celcit.

¿Cómo llevar a escena la vida y obra de un autor inasible? Un sendero es el trazado por la narradora oral Ana Padovani  al recuperar cartas e incorporar relatos significativos del escritor y poeta uruguayo Horacio Quiroga (Horacio Silvestre Quiroga Forteza), quien mantuvo esclarecedora correspondencia con destacados intelectuales y artistas de su época. Materiales que conforman - como dice la narradora en esta entrevista- “un rompecabezas complicadísimo, porque, por un lado está la información y por otro, la intención de no perder de vista las motivaciones, las circunstancias de la vida personal  y los hechos sociales del país y del mundo”.    

Este autor de relatos con desenlace imprevisible nació en Salto (Uruguay), en 1878; peregrinó entre su país natal y la Argentina a partir de 1902 y falleció en Buenos Aires, en el Hospital de Clínicas, donde, enfermo de cáncer, se suicida con cianuro en 1937. La historia cuenta que tomó esa decisión en presencia  de Vicente Batistessa, enfermo con deformidades, que había sido trasladado a la habitación de Quiroga a pedido el escritor, al enterarse que el hombre permanecía aislado en el subsuelo del edificio.  

Sus cuentos despiertan sensación de agonía cuando plantean situaciones inmersas en un entorno caótico. Sucede en Cuentos de amor de locura y de muerte (sic), de 1917; Anaconda y otros cuentos; y la colección Los desterrados. Ha escrito una pieza teatral, Las sacrificadas, de 1920; y relatos “novelados”, Los perseguidos, de 1905. También para niños, como los incluidos en Cuentos de la selva, de 1918, ideados para sus hijos. Fue  crítico de cine y colaborador en medios gráficos, entre otros, las revistas Atlántida y El Hogar; y el diario La Nación. 

Fundador de la Agrupación Anaconda, que convocaba a intelectuales de Uruguay y Argentina, desarrolló intensa actividad en los dos países e intentó dar curso a nuevas formas de expresión.  Lo atrajo el modernismo del poeta nicaragüense Rubén Darío;  fraternizó y polemizó con intelectuales, entre éstos el poeta uruguayo Julio Herrera y Reissig, modernista de opiniones punzantes, no reconocido entonces en todo su valor artístico.  

Padovani  destaca en esta nota la amistad de Quiroga con el escritor e historiador Ezequiel Martínez Estrada y el poeta Leopoldo Lugones, a quien Quiroga dedica su libro de poemas Los arrecifes de coral, de 1901: “Lugones era una especie de padre para él –subraya-. Lo impresiona el escritor y poeta Edgar Allan Poe (su influencia es evidente en los relatos de El crimen del otro, de 1904), y figuras de la época, como la poeta Alfonsina Storni, el pintor  Benito Quinquela Martín y otros artistas e intelectuales que vivían plenamente ese tiempo y compartían sus aspiraciones”.  

--¿Aun con sus diferencias?

--Era otra época. En la Buenos Aires de las décadas de 1920 y 1930, los escritores, poetas y pintores acostumbraban reunirse en cafés que hoy son historia. Había líderes entre ellos, como Lugones  y el narrador y poeta Manuel  Gálvez que tenía una postura más tradicionalista y católica. Es importante que se tenga memoria de estos personajes para entender por dónde iban las aspiraciones culturales.  Soy de las que buscan rescatar. Mi padre era restaurador, y tal vez mi interés viene de ahí.  Mi propósito es “restaurar  presencias”, tanto en este biorrelato sobre Quiroga como en los otros biorrelatos del Ciclo que presenté en el Celcit (los dedicados a Roberto Arlt, Alfonsina Storni, Niní Marshall y Silvina y Victoria Ocampo. Impedir que estas presencias no se pierdan es un poco el  trabajo del narrador.  Tarea que enriquece, porque permite descubrir cruzamientos entre distintas vidas. Una anécdota que se cuenta es la relación de amistad entre Quiroga y Alfonsina Storni y la propuesta de Quiroga de irse con él a la selva. Alfonsina consulta entonces a Quinquela  Martín, también amigo de Quiroga. La respuesta del pintor fue tajante:  “Con ese loco, no”.      

--¿La psicología incide en su narración? 

--En toda historia hay motivaciones. Influye en la búsqueda de causalidades e influencias. Una búsqueda donde una no puede hacer una lectura rápida ni psicoanalítica, pero sí conocer y entender cómo se imbrican hechos y circunstancias. Esto despierta mi interés sobre los líderes de las reuniones en espacios comunes o en los cafés, como el poeta (y médico rural) Baldomero Fernández Moreno y el escritor y periodista Alberto Gerchunoff que definían sus posturas ideológicas y culturales.  

--¿Mantuvo su profesión como psicóloga? 

--Trabajé en lo que se llamaría prevención primaria en los bebés institucionalizados. Los bebés que están en una institución porque la mamá trabaja. Investigué sobre el vínculo entre el bebé, la madre y la sustituta; sobre el rol materno cuando es ejercido por dos personas y de qué manera influyen en el bebé las alianzas, los acuerdos y las competencias que esa situación genera. Tiempo después, quise saber qué había pasado con los jóvenes que atravesaron esa etapa triangular siendo bebés. Esa era mi tesis para el doctorado, pero mi vida había cambiado, y supe que mi deseo era narrar.   

--¿Qué le genera comunicar desde la escena?

--El escenario  es  “mi momento de vida”, mi lugar en el mundo.  El primer día que subí a un  escenario, sentí un olor que me recordó otro de la infancia. Mi padre era escenógrafo y siendo muy niña me llevaba a los ensayos. Yo compartía lo que sucedía desde atrás de la escena. Creo que por eso, cuando subí al escenario, sentí  esa familiaridad y me dije “esta es mi casa”.

--O sea que el “miedo escénico” no entra en su historia… 

--Eso me sorprende. En el escenario no tengo inhibiciones y fuera de escena soy tímida, tanto que en una conferencia  no me atrevo a preguntar a quien está dando la charla.  En el escenario no siento esa exposición. Sé que tengo algo para hacer  y que me encuentro con mi propia voz. Otra experiencia muy fuerte en mí es instalarme en los personajes de Niní Marshall.

--Personajes centrales en otros espectáculos suyos…

--Y en encuentros…  Cuando me invitan a participar en un acto, o cuando necesito hallar salida a una situación que se plantea difícil, saco a relucir a Catita. Este personaje me ha salvado muchas veces. Recuerdo mi participación en un homenaje a María Elena Walsh. ¿Cómo expresarle agradecimiento? Y pensé en Catita. Quién sino ella se iba a animar a hablarle. Fabriqué una corona de laureles, de los que se usan en la cocina, y cuando llegó el momento,  asumí el personaje. Entonces fue Catita la que se acercó a María Elena, y dijo:  “Nada más que los laureles pa’ usté  que no le van a servir ni pa’  el tuco de los ravioles del domingo”. Y Catita le puso la corona. Recuerdo la emoción y la alegría de María Elena. Esto fue en una edición de La Feria del libro. Me dedicó un ejemplar.  Decía de mí “loca intérprete, gran artista…” Cuando yo pasaba la gorra al final de mis espectáculos  sabía que la única que podía hacerlo era la Catita de Marshall. Su discurso me fluye: sé qué diría ella ante cualquier situación. Le encuentro la voz, el tono…, y se  lo agradezco infinitamente a Niní, porque ella fue la creadora.

--¿Qué le provocan textos como El almohadón de plumas, de Quiroga? 

--En ese relato que fue publicado por la revista Caras y Caretas (en 1905) hay una amenaza latente, y un pensamiento que puede estar en el imaginario de muchos. Quién no se preguntaría qué  contiene ese almohadón, además de plumas. Esas  plumas  han sido arrancadas a un animal que tuvo vida...  En ese relato descubrimos una fantasía universal.  En Quiroga hay varios datos significativos, y quiero agregar uno nada común en su época y en nuestro medio. Ese dato es su propósito de vivir de la literatura. No regalar el trabajo del escritor. Pudo viajar a París -una ciudad muy atractiva para los jóvenes de su tiempo-  porque recibió una herencia de su padrastro, que se suicidó. Estuvo unos meses y regresó frustrado. Fue un episodio juvenil que de todos modos lo marcó, como lo marcaron los hechos trágicos de su entorno familiar y de sus amigos: muertes accidentales, suicidios, enfermedades... Se sentía hombre de campo y eso lo llevó a Misiones y a la selva, que lo atraía, y más, después de compartir un viaje con Lugones. Era buen fotógrafo y se ocupó de tomar imágenes del viaje a las misiones jesuíticas no exploradas. Fue en 1903 y con dinero del Ministerio de Educación. Era hábil en muchos oficios, y padeció muchas tragedias. Terminó su vida en Buenos Aires. Lo habían desahuciado. Tomó cianuro. No soportaba más los dolores. 

--Sin duda esta es la historia más cruda de los Biorrelatos…

--Una historia que me lleva a otros temas, a ocuparme del futuro.  Hace tiempo que siento el impulso de retomar textos para los chicos. Contarles a ellos, salir de la dura realidad y entrar en el mundo de la fantasía. Esto no significa  escapar del presente sino ir a la búsqueda de la imaginación creadora. Es lo que de algún modo se intenta con los chicos. Jugar y jugar… Invitarlos a jugar. Alentar esa extraordinaria capacidad.  Sigo en contacto con ellos a través de la coordinación del espacio Narración de Cuentos de la Feria del Libro, y del proyecto  Los chicos cuentan a los chicos, pero también quisiera presentar un espectáculo.    

--¿Logra entusiasmar a los maestros?

--Ese es mi deseo.  He organizado cursos gratuitos de capacitación, y algunos están trabajando. Mi intención es que se entusiasmen con las historias, las cuenten a los chicos y éstos puedan contarlas a otros sin sentirse obligados.  Es importante que los chicos aprendan a expresar aquello que imaginan a partir de las narraciones, y es hermoso ver las caritas que ponen cuando son ellos los que cuentan.   

 

Las Ocampo: dos voces, encuentros y distancias

https://www.nuriagomezbelart.com | Nuria Gómez Belart | 08/04/2017

La aventura de la vida merece ser contada. En un ciclo de biorrelatos creado por Ana Padovani, grandes figuras del Teatro y la Literatura se convierten en protagonistas de una escena que no escribieron.
 
Padovani define «biorrelatos» la forma particular de contar la vida de un artista y aquellos aspectos de su trayectoria que lo hicieron brillar en el transcurrir de la historia. Niní Marshall, Roberto Arlt, Alfonsina Storni, Horacio Quiroba y tantos otros son reflejo del pasado y han dejado su arte como legado de una cultura. El ciclo de biorrelatos, en un movimiento pendular entre la realidad y la ficción, busca recrear la historia de vida y darle un sentido actual a aquello que marcaron sus huellas.
 
En un escenario despojado, donde una banqueta, una silla, una mesa y un atril son el centro de atención, los protagonistas surgen desde la palabra. Así se relatan los amores, las frustraciones, los momentos de creación, las reflexiones de estos seres, que ya no están y que conforman nuestra identidad como nación.
 
En el caso de Victoria y Silvina Ocampo, Ana Padovani recorre la vida de ambas hermanas unidas por el amor por las Letras, pero distanciadas en su forma de percibir el mundo. Sus anécdotas, sus aventuras, sus escritos todo sirve para traer al ahora un desempolvado recuerdo de otras épocas, donde las apariencias lo eran todo, la educación de las señoritas tenía ciertas limitaciones y la sociedad se regía por reglas diferentes.
 
Victoria, la mayor de seis hermanas, asumió el rol de pionera en un mundo conservador que necesitaba de algunos cambios: mujeres que usaran pantalones, que fumaran en público, que pudieran conducir automóviles (aunque la llamaban el terror de las calles). Victoria Ocampo fue una mujer hacedora de cultura: alentaba a los escritores a producir y los ayudaba a publicar. Era una mujer que hacía lo necesario sin importar las opiniones ajenas. Si lo veía correcto, lo llevaba a cabo.
 
Silvina, la menor de las seis, no tuvo la necesidad de sentar precedentes en la sociedad. Curiosamente, tenía una visión tradicionalista sobre las acciones de la hermana. Pero, aunque no compartiera el punto de vista, había un lazo muy sólido entre ellas. Silvina Ocampo vivió en la sombra, sobre todo, de dos grandes hombres: Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Era una gran escritora, pero quedó eclipsada entre dos astros de nuestra literatura, y, solo tras su muerte, consiguió reconocimiento por sus escritos, un tanto macabros, pero geniales.
 
Es claro que Ana Padovani, cuando trae a escena las vidas de estas grandes figuras, ante todo, quiere mostrar que el artista no es solo sus escritos. Latente en cada palabra, en cada narración, en cada obra, hay un ser humano con una gran reserva de experiencias, saberes y emociones que deben ser contadas y que hacen, del protagonista de cada biorrelato, un ser que merece revivir y ser reconocido para no caer en el olvido apático tan característico en nuestros días.

 

Vidas más apasionantes que las obras

Página/12 | Página/12 | 04/06/2016

La prestigiosa narradora y actriz aborda desde la oralidad el universo de grandes autores de la literatura argentina. Después de pasar por Roberto Arlt, Alfonsina Storni y Horacio Quiroga, sigue con Niní Marshall en las dos últimas fechas.

“La fantasía no es un modo de evadir la realidad, sino un modo de hacer posible acercarse a ella”, dice Michael Ende, y lo cita Ana Padovani. La prestigiosa narradora, actriz, profesora de música, psicóloga y maestra de narradores dice que esta frase que toma casi a modo de presentación, define con bastante precisión la “magia” de su oficio. Desde hace unos meses, y siguiendo esta idea sobre la realidad, ha encarado Biorrelatos, un ciclo de narración oral que recorre el universo de grandes autores de la literatura argentina. Después de pasar por Roberto Arlt, Alfonsina Storni y Horacio Quiroga, sigue con Niní Marshall en las dos últimas fechas del ciclo, mañana y el domingo 12 a las 17.30 en Celcit, Moreno 431.

“Biorrelatos designa una forma particular de narrar la vida de un artista y los aspectos de su producción que funcionan como destellos en el transcurrir de su historia”, define Padovani. “Todo ser humano es de algún modo un archivo, una reserva de experiencias, saberes, emociones, textos, imágenes, comportamientos. Este ciclo intenta poner en tensión ficción y realidad, lo público y lo privado, y recuperar la historia de vida como una experiencia única”. En Niní Marshall, vida y milagros, la que corresponde a estas últimas fechas, esa historia de vida abarca las ilusiones, los amores, el exilio y el triunfo de la creadora de Catita. Cándida, La Niña Jovita, Belarmina, Doña Pola y Mónica son otros personajes que Padovani toma en la interpretación de este biorrelato.

“El de Niní parece un nombre extraño dentro de este colectivo de grandes autores, pero yo la incluyo porque creo que hizo un trabajo interesantísimo con la palabra. Ella lograba un bordado textual a partir de la observación minuciosa de las corrientes inmigratorias, de las formas de hablar, de las costumbres. No tiene una producción literaria en el sentido estricto, pero considero que tiene bien ganado el estatus de escritora”, asegura.

–¿Cómo comenzó estos Biorrelatos?

–Leyendo mucho, conociendo y descubriendo la vida de los escritores. Encontré vidas que eran tanto o más apasionantes que las obras. Y me puse a investigar y a darle un formato a estas vidas, tomando la idea de biodrama del teatro, ahí había un correlato posible: contar una vida que encierra una historia atrapante. Es un trabajo largo porque investigo mucho, selecciono mucho, y después armar el texto me lleva mucho tiempo.

–¿Y por dónde pasa esa selección?

–Por un lado, hay cosas que siento que deben quedar en la privacidad de ese escritor y esa familia. Pero además busco los ribetes dramáticos, porque la idea no es la de la simple transmisión de una biografía. Tal vez por haber estudiado psicología, lo que encuentro son ribetes de la historia personal que se ven reflejados de alguna manera en la producción. Tiene algo de detectivesco, ahora que lo pienso: investigo, voy pensando las causas y entendiendo el proceso. Por supuesto, el mío no es un abordaje psicológico, pero no dejo de entender algunas de estas cuestiones.

–¿Por ejemplo?

–En Alfonsina (Storni), su híper sensibilidad, la híper reactividad que tenía, que desde un cuadro clínico podría pensarse de tipo paranoide. No me arrojo ese derecho de juzgar ni mucho menos de diagnosticar, pero leyendo las anécdotas de su vida se va deduciendo que era una persona híper sensible a la opinión ajena, que se sentía perseguida, que en un viaje encontraba enemigos en la tripulación, por ejemplo. Pienso en el padre que tuvo, un padre melancólico, que se desentendió de los negocios de la familia, alcohólico, que según se deduce se suicidó. Y, por otro lado, una madre muy fuerte, culta, que la apoyó mucho en todas sus decisiones. La decisión de su propio suicidio la tomó después de que le diagnosticaran un cáncer, con un proceso relativamente rápido e irreversible, en un tiempo en que no había analgésicos para evitar el sufrimiento. Ella se lo quiso ahorrar, y tomó la decisión con una entereza y una calma sorprendentes, dejando todo muy preparado. Luego quedó el mito de que se internó en el mar; en realidad, se tiró de la escollera, se supo porque apareció un zapato suyo enganchado.

–¿Por qué eligió a estos autores?

–Son algunos de los que me atraparon por su vida y por su obra. También, a decir verdad, aquellos con los que puede resolver la cuestión de derechos de autores, porque hay algunos con los que no pude avanzar. Por supuesto, en cada uno de estos biorrelatos hay atrás una obra fuerte, que yo intento mostrar también en sus aspectos menos conocidos. En Arlt, las aguafuertes me dan un material riquísimo para la transmisión oral. Alfonsina era una poeta; no obstante, tomo un cuento, porque aunque nunca publicó un libro de cuentos, ella escribía para La Nación, y ahí sí publicó cuentos. Sobre todo tenían que ver con su postura frente al rol de la mujer, en una defensa muy clara de igualdad de derechos. Leo también una pequeña obra de teatro, porque ella escribió varias obras de teatro para chicos, del 20 al 30 y pico. Cuento también el golpe terrible que fue para ella su fracaso como dramaturga, cuando estrenó en el Cervantes uno obra que duró solo dos o tres días en cartel: había ido hasta el presidente de la Nación al estreno, y después las críticas fueron pésimas.

–¿En su oficio de narradora, comprueba la frase de Ende?

–Absolutamente: recurrimos a la fantasía no para evadirnos, sino para acercarnos a la realidad. Lo noto con la gente cuando cuento, es ese instante que yo llamo “la burbuja mágica”. Si pudiéramos verlo de afuera, nos veríamos a todos ahí, flotando en otra esfera, en otro lugar. Incluido el narrador, que entra en el juego, claro. Eso es lo que tiene que hacer un narrador: agarrar al otro, levantarlo y depositarlo después suavemente de regreso, nunca dejarlo caer. Yo les digo a mis alumnos: si te equivocás, no importa, seguí para adelante, no los dejes caer. He contado en lugares imposibles y siempre es posible esa esfera mágica: en plazas, en la Feria del Libro, en el hall del San Martín. Es decir, no creo que haya lugares imposibles: solo es necesario tener a los chicos adelante, e invitarlos a entrar con vos. Y cuando el público es adulto, como en este caso, la convención es otra... pero el juego es el mismo.

 

Padovani cuenta la vida detrás de la obra

LA NACION | Silvina Premat | 28/05/2016

En un género que bautizó "biorrelato", revela historias de escritores argentinos

Una banqueta, una silla, una mesita con una copa de agua y papeles escritos; un atril con un libro y un retrato de Alfonsina Storni, de Roberto Arlt, de Niní Marshall o de Horacio Quiroga... Según corresponda, durante poco más de una hora, una mujer cuenta las principales vicisitudes de la vida de uno de esos escritores, recita o lee alguna de sus obras y, sin más recursos que su propia voz, algo de música y de luces, lleva al público a escenarios y situaciones diferentes, dramáticas, divertidas e incluso trágicas. "Cuento la vida de algunos escritores porque la vida misma es un cuento, realmente. Todo ser humano es de algún modo un archivo, una reserva de experiencias, saberes, emociones, textos, imágenes, comportamientos." Ana Padovani, una de las pioneras de la narración oral en el país, explica de esa forma lo llama "biorrelatos". "Se me ocurrió ese nombre y lo registré", cuenta esta maestra, profesora de música y licenciada en Psicología que admite tener "un alma entre curiosa y detectivesca". Diferencia lo que hace de las biografías y los biodramas, aunque los biorrelatos abrevan en ambos géneros: literario y teatral. "Es diferente; los biorrelatos no se actúan, se narran."
Desde este mes está presentando un ciclo en el Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (Celcit) -todos los domingos a las 17.30-, que comenzó a gestar en sus inicios como narradora, en la década de 1980. Por esos años, participó de un programa del gobierno porteño sobre escritores en los barrios. Al investigar, por ejemplo, sobre Julio Cortázar, Roberto Arlt o las hermanas Ocampo quedó fascinada con las historias de vida que a su entender podían tener tanto o más interés que la obra misma. "Trato de que no sea simplemente el relato de una biografía, porque eso lo haría un profesor de literatura; busco anécdotas, convergencias, situaciones que no sólo enriquecen el relato sino que dan cuenta de una vida, de una historia y que a veces no tienen que ver exactamente con la circunstancias históricas o cronológicas, lo que me obliga a trabajar mucho."

Y logra su cometido. A medida que narra la vida va introduciendo las obras. O, mejor, las obras van surgiendo de la vida misma y los destinos de ambas se van entrelazando.
Los 60 minutos que dura el biorrelato de Alfonsina Storni, por ejemplo, incluyen la historia de sus padres, sus experiencias juveniles, sus esfuerzos por mantener sola a un hijo, sus quejas contra las "mujeres que parecen muñecas y tienen cabeza de aserrín". Se hace tiempo también para contar un cuento, leer una obra de teatro y numerosas poesías. Uno sale con la sensación de haber visto una película, asistido a una obra de teatro, dialogado con Storni y haberla acompañado hasta su momento fatal al borde del acantilado de la playa La Perla.

"Me produce curiosidad entender los porqués, de dónde viene una u otra decisión, obra o idea del escritor", dice Padovani, quien leyó las biografías de cada escritor, sus obras, y siguió cada pista que se le presentó en su camino al reconstruir episodios no muy conocidos.Ella también es autora de Escenarios de la narración oral y Contar cuentos. Desde la práctica hacia la teoría, que va por su novena edición (ambos de Editorial Paidós) y tiene una larga carrera artística.
En este primer grupo de escritores de su ciclo de biorrelatos incluyó a Niní Marshall, a quien considera su madrina artística. "Lo que pasa con Niní es que se cree que sus personajes le fluían espontáneamente, pero no era así. Ella los trabajaba. Todas las mañanas escribía con lápiz; después se lo leía a su hija y a otros, veía las reacciones. Era una escritora y una gran observadora. Sus textos son producto de su creatividad, de su talento y también de su trabajo sobre la palabra."

Y repite que al narrar una vida, quiere sobre todo mostrar que el escritor no es sólo lo que escribió, sino que detrás, por encima, por debajo y en el medio de la obra hay un ser humano.

 

Crónica biorrelatos

http://www.orillasur.com/ | http://www.orillasur.com/ | 26/04/2016

El término “Biorrelato” es un invento mío e intentaré reconstruir su historia y sus alcances. Vengo contando vidas de escritores de modo sostenido y a la vez esporádico desde hace varios años. La secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad estaba desarrollando un proyecto para los barrios para el que me convocaron. Yo propuse hacer un espectáculo sobre los escritores que tuviesen que ver con los mismos. Empecé a apasionarme con el tema, así, además de leer su literatura, investigué, busqué bibliografía, consulté a viejos vecinos, etc.
Se conformó entonces un espectáculo en el que contaba vidas e interpretaba textos, lo que despertaba interés y le ponía una nota de color y vida al transcurrir de los hechos narrados.  Estos espectáculos quedaron incluídos en mi repertorio de modo que volví a presentarlos en otros ámbitos. La inquietud fue creciendo y cuando me pidieron una propuesta para el British Council, investigué sobre Charles Dickens.
Después seguí con otros escritores, Horacio Quiroga, Alfonsina Storni y Niní Marshall, mi admirada artista, a quien si bien no se la reconoce como escritora, yo le doy ese lugar porque, además de intérprete, ella era quien escribía los textos de sus personajes, con todo lo que implica como trabajo de observación y registro de la palabra. Además se da que yo soy una ferviente intérprete de sus personajes.
Así como lo hice para instituciones ahora lo propongo para el público en general con la idea de que son temas de interés más allá del ámbito de la cultura que podría llamarse “oficial”. Armar estos espectáculos fue para mí una tarea apasionante porque me permitió desplegar lo que tengo de “detective” y en algún punto de “chimentera”.
Por otro lado quiero decir que es un trabajo muy difícil porque implica dos riesgos: hay que elegir muy bien qué se va a contar teniendo en cuenta que se trata de hacer público lo privado, y por otro, hay que hacerlo artísticamente, no se trata de dar una clase de historia, sino de hacer un espectáculo “disfrutable”. Todo esto implica un trabajo muy minucioso que me lleva mucho tiempo pero que me da mucho alegría transitar.

 

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